
Hay una sensación que atraviesa silenciosamente gran parte de las conversaciones actuales sobre inteligencia artificial, el vértigo. Tanto por la velocidad tecnológica, como por como cambian las formas de percibir, de relacionarnos, de enseñar, de imaginar y hasta de sostener una idea.
Durante las jornadas Entre Código y Algoritmos, artistas, docentes, investigadores y programadores compartieron una inquietud, la inteligencia artificial ya no puede pensarse únicamente como una tecnología. Se ha convertido en una condición cultural. Una atmósfera. Un entorno perceptivo.
La conversación comenzó desde el arte y la programación, pero se desplazó hacia territorios como las emociones, la pedagogía, el cuerpo, las relaciones sociales y la experiencia contemporánea de la presencia. Lo que está cambiando es cómo habitamos el mundo junto a otros.

Una de las intervenciones del publico describía esa sensación de los cambios de percepción con la aceleración tecnológica, la cual se parece a navegar con ráfagas de viento imposibles de controlar. Estas ráfagas no son sólo una cuestión técnica. Abarcan también a las formas de interacción humana y como están mutando. Las inteligencias artificiales modifican nuestras sensibilidades, nuestras maneras de comunicarnos y hasta la percepción que tenemos de nosotros mismos y de los demás.
La pregunta entonces deja de ser exclusivamente “qué puede hacer la IA” y pasa a convertirse en ¿qué capacidades humanas necesitamos desarrollar para convivir críticamente con ella?
En el ámbito educativo, los docentes comienzan a notar que muchas de las herramientas tradicionales de evaluación ya no funcionan. Los textos producidos con inteligencia artificial llegan perfectamente redactados, estructurados y formalmente impecables. Pero detrás de esa superficie aparecen fisuras inquietantes, dejándonos ver autores citados incorrectamente, conceptos vaciados de sentido, argumentaciones artificialmente coherentes que se desmoronan cuando alguien las observa críticamente.
La escritura automatizada obliga entonces a desplazar el centro pedagógico. Ya no alcanza con enseñar a producir contenido. Ahora resulta urgente formar lectores críticos capaces de identificar contradicciones, artificios y simulaciones discursivas. El problema educativo ya no es la falta de información, sino el exceso de discursos plausibles.
Algunos participantes de la jornada señalaron que la inteligencia artificial terminó de poner en crisis el dispositivo educativo moderno. Durante siglos, la educación estuvo orientada a resultados, producir respuestas correctas, textos adecuados, conocimientos verificables. Pero cuando una máquina puede generar instantáneamente esos resultados, el modelo entero se comienza a tambalear.
Quizás el aprendizaje del futuro no consista tanto en producir respuestas como en formular mejores preguntas.
Y es allí donde el arte vuelve a ocupar un lugar central.

El arte aparece en la conversación como un espacio para experimentar otras formas de sensibilidad y pensamiento. Arcangelo Constantini propone pensar las tecnologías como herramientas que amplifican la capacidad humana de comunicar aquello que ocurre dentro de nosotros. Desde esta perspectiva, internet y la inteligencia artificial no serían únicamente dispositivos de control o automatización, sino también mecanismos de democratización expresiva.
Constantini reflexiona como desde los primeros gestos primitivos hasta las tecnologías digitales contemporáneas, la historia de la cultura puede entenderse como una búsqueda constante por exteriorizar la experiencia interior. El gruñido se volvió lenguaje; el palo se transformó en herramienta; el sueño terminó convirtiéndose en software.
La inteligencia artificial sería entonces una nueva interfaz para esa necesidad ancestral de comunicación.
Lo verdaderamente desconcertante es que estas tecnologías cuestionan nuestra propia idea de singularidad. Esta reflexión surgió a partir del comentario de uno de los participantes el cual recordó como la película Acerca de un héroe, fue construida a partir de materiales generados con inteligencia artificial inspirados en la obra de Werner Herzog, “No se trata de que la IA nos destruya, sino de que nos humille”. La frase resulta brutal precisamente porque apunta a una herida contemporánea, la posibilidad de descubrir que muchas de las capacidades que considerábamos exclusivamente humanas, escribir, dibujar, componer, narrar, pueden ser imitadas algorítmicamente.
Esa humillación no sería física, sino simbólica. La inteligencia artificial funciona como un espejo incómodo que devuelve una imagen artificial de nuestra propia creatividad.
Frente a este escenario, tal vez sea posible producir algo verdaderamente diferente. Si la IA es capaz de reproducir estilos anteriores, entonces el desafío artístico podría desplazarse hacia territorios todavía no codificados. Hacia prácticas sin antecedentes claros. Hacia formas de experiencia que no respondan ni a la tradición clásica ni a las estéticas dominantes de las plataformas digitales.
Se trataría de imaginar nuevas sensibilidades.
¿Qué ocurre con la presencia humana en un entorno crecientemente mediado por simulaciones? Algunos participantes de la jornada insistieron en la necesidad de recuperar prácticas de atención, meditación y presencia corporal como formas de resistencia frente a la aceleración permanente.
Porque el vértigo no es solamente tecnológico. Es existencial.
La velocidad contemporánea parece empujar hacia una experiencia donde todo ocurre demasiado rápido como para ser plenamente elaborado. Imágenes, discursos, afectos y datos circulan sin pausa. La conversación derivó hacia la necesidad de desacelerar, reflexionar y sostener espacios de pensamiento colectivo.
Uno de los asistentes recordó que cada gran transformación tecnológica produce también una transformación perceptiva. La fotografía alteró la pintura; la imprenta modificó la memoria; internet reorganizó el acceso al conocimiento. La inteligencia artificial probablemente transforme nuestra relación con el pensamiento mismo.
No sabemos hacia dónde conduce este proceso. Tal vez, como en el cuento de Isaac Asimov “La ultima pregunta”, todavía “faltan datos” para comprender completamente lo que estamos atravesando.
Sin embargo el arte sigue funcionando como un espacio para ensayar preguntas, como un territorio donde todavía es posible pensar colectivamente qué significa sentir, imaginar y crear en medio de este paisaje algorítmico.
