
Ante la crisis ecológica, la explotación biotecnológica y la transformación algorítmica de la vida, el bioarte se es un territorio para pensar las relaciones entre cuerpo, tecnología y poder. Gran parte de las discusiones actuales sobre bioarte continúan ancladas a perspectivas eurocéntricas que privilegian la innovación técnica, el laboratorio y la fascinación futurista. En contraparte el pensamiento de Silvia Rivera Cusicanqui nos lleva a un bioarte decolonial, el cual parte desde la experiencia del cuerpo-territorio, las epistemologías indígenas y la relacionalidad cósmica de la vida.
Cusicanqui mediante su crítica al colonialismo epistemológico y su noción de epistemología ch’ixi nos permite construir herramientas para comprender cómo las prácticas artísticas contemporáneas pueden resistir a la instrumentalización capitalista de lo viviente. En sus reflexiones, el conocimiento surge desde el cuerpo, las entrañas y el metabolismo con el mundo. Pensar implica respirar, latir y establecer relaciones materiales con humanos, animales, plantas, montañas y astros.
Esta idea desplaza la tradición occidental que separó mente y cuerpo, sujeto y naturaleza, cultura y materia. Rivera Cusicanqui propone recuperar el concepto aymara de chuyma, el cual propone un pensamiento que nace desde las vísceras, desde los órganos que sostienen la vida y permiten el intercambio con el cosmos. Conocer ya no es observar el mundo desde afuera, sino participar metabólicamente en él.
En este sentido el bioarte deja de ser una práctica estética basada en manipulación genética y se convierte en una interrogación política sobre como el colonialismo continúa administrando los cuerpos y sobre cómo la vida ha sido convertida en mercancía. La biotecnología contemporánea, el extractivismo de datos genéticos y la privatización de semillas funcionan como extensiones del mismo proyecto colonial que transformó territorios, cuerpos y ecosistemas en recursos explotables.

El bioarte puede operar como una forma de contraarchivo biológico. Como dispositivo crítico capaz de revelar las violencias inscritas en la administración contemporánea de lo vivo. Muchas prácticas artísticas latinoamericanas trabajan desde esa herida colonial, desde los laboratorios comunitarios, los cultivos intervenidos, las investigaciones sobre bacterias, los hongos, las semillas nativas, las cuales cuestionan la frontera moderna entre naturaleza y tecnología.
Rivera Cusicanqui describe lo ch’ixi como una coexistencia contradictoria de elementos heterogéneos que no se fusionan ni se resuelven en una síntesis armónica. Lo ch’ixi no es mestizaje conciliador ni hibridez pacificada; es tensión permanente entre fuerzas opuestas que permanecen visibles.
Esta idea permite comprender cómo los cuerpos contemporáneos existen atravesados simultáneamente por memorias ancestrales y tecnologías digitales, por cosmologías indígenas y sistemas algorítmicos, por organismos vivos y dispositivos artificiales. El cuerpo latinoamericano deviene entonces un territorio ch’ixi, en una superficie de fricción donde conviven el archivo colonial, la violencia capitalista y las formas de resistencia comunitaria.
El bioarte latinoamericano no puede separarse de las luchas territoriales ni de las políticas del cuidado. La materia biológica deja de ser un material experimental y se convierte en memoria encarnada. Trabajar con microorganismos, tejidos, ADN o procesos metabólicos, lo cual implica trabajar con historias de extracción, desplazamiento y supervivencia.

Marcela Armas
Cusicanqui reivindica los saberes comunitarios, agrícolas, textiles y rituales. El filósofo/artista andino no está inmóvil en un estudio; camina, cultiva, observa ciclos astrales y produce alimento. Su conocimiento emerge del movimiento y de la relación sensible con el entorno.
Esta imagen permite imaginar otras formas de experimentación artística, mediante laboratorios abiertos, prácticas colaborativas, tecnologías situadas y procesos de creación vinculados al territorio. El bioarte decolonial busca transformar las formas de relación entre los cuerpos y el mundo.
La artista mexicana Marcela Armas, trabaja desde las relaciones entre energía, territorio y extracción material. Sus proyectos convierten procesos físicos y tecnológicos en dispositivos críticos que revelan las tensiones entre capitalismo, ecología y violencia estructural. Su trabajo se inscribe en una preocupación central por las transformaciones de la materia y por las infraestructuras invisibles que sostienen la vida contemporánea.

Anna Barros
Por otro lado, la artista brasileña Anna Barros ha desarrollado investigaciones vinculadas a biointerfaces, sistemas interactivos y procesos biológicos, articulando arte, ciencia y ecología desde perspectivas críticas sobre la relación entre humanidad y naturaleza. Sus proyectos desplazan la tecnología de la lógica instrumental para pensarla como una extensión sensible del entorno vivo.
También el artista Joaquín Fargas explora la fragilidad ambiental y las transformaciones del planeta en tiempos de crisis climática. Sus obras evidencian cómo la vida se encuentra atravesada por sistemas tecnológicos y políticos globales.
Desde una perspectiva más vinculada al cuerpo y la performance, la artista guatemalteca Regina José Galindo trabaja sobre la violencia biopolítica ejercida sobre los cuerpos latinoamericanos. Aunque su práctica no se define como bioarte, muchas de sus acciones operan desde la exposición extrema de la corporalidad, revelando cómo el poder administra el dolor, la sangre, el género y la vulnerabilidad física. Sus performances convierten al cuerpo en un archivo vivo de la violencia colonial y contemporánea.
Finalmente el colectivo mexicano Interspecifics desarrolla investigaciones donde microorganismos, hongos, bacterias y señales biológicas son traducidos en experiencias sonoras y visuales. Sus proyectos cuestionan las jerarquías antropocéntricas de percepción y proponen modos interespecies de comunicación. Aquí el bioarte se expande hacia ecologías compartidas entre entidades biológicas y sistemas tecnológicos.

Interspecifics
El pensamiento de Silvia Rivera Cusicanqui ofrece una herramienta para desmontar la neutralidad aparente de la tecnología. Su propuesta consiste en habitar críticamente a la modernidad y sus contradicciones. Lo ch’ixi aparece como una estrategia de resistencia, como una forma de coexistir sin ser absorbidos, sostener la tensión sin disolver las diferencias. El conocimiento emerge desde la experiencia sensible, el territorio y el metabolismo colectivo. El laboratorio ya no aparece como espacio neutral, sino como territorio político atravesado por desigualdades históricas.
Los artistas trabajan con residuos, bacterias, tejidos, semillas, organismos y memorias materiales para intervenir críticamente las narrativas oficiales del progreso científico. La vida deja de ser únicamente objeto de observación y se convierte en campo de disputa estética y política.
El bioarte decolonial propone otras formas de relación con la materia viva, a través de prácticas de cuidado, colaboración interespecies y tecnologías situadas que resisten la lógica extractiva del capitalismo global.

Anna Barros
Estas prácticas artísticas producen algo más que imágenes o experiencias interactivas. Producen formas alternativas de imaginar la vida. Desde bacterias convertidas en sonido hasta cuerpos performáticos atravesados por memorias políticas, el bioarte latinoamericano revela que la materia viva nunca es neutral, ya que contiene historia, conflicto y potencia de transformación.
Allí radica la potencia del bioarte contemporáneo en nuestra región, en activar memorias biológicas, vínculos comunitarios y formas sensibles de metabolizar el mundo. Frente a la devastación planetaria, estas prácticas nos recuerdan que pensar también es respirar con otros cuerpos, escuchar otras temporalidades.
