
En un momento histórico en el que las fronteras vuelven a ocupar el centro del debate político y mediático, el cine se convierte en una de las herramientas más poderosas para recuperar aquello que los discursos oficiales suelen relegar al margen, la memoria. El ciclo AztLÁN, túnel del tiempo, organizado por la Cineteca Nacional en diálogo con la exposición homónima del Museo del Palacio de Bellas Artes, propone precisamente eso, una travesía por la historia cultural de la comunidad chicana a través de imágenes que desafían el olvido y reconstruyen una identidad tejida entre dos países.
Esta muestra se presenta como un archivo vivo donde se preservan experiencias de migración, resistencia, mestizaje, discriminación y creación cultural. Cada película funciona como un documento histórico, pero también como una intervención estética capaz de cuestionar las narrativas dominantes sobre la relación entre México y Estados Unidos.
En este sentido toda comunidad desplazada construye formas particulares de conservar su memoria. Para la cultura chicana, cuya historia se desarrolla entre fronteras geográficas, lingüísticas y simbólicas, el cine ha sido uno de los espacios donde registrar aquello que rara vez aparece en los relatos oficiales.

La programación curada por el investigador y cineasta Jesse Lerner, presenta un mapa complejo donde conviven documentales, videoarte, cine experimental, animación, performance registrado en video, materiales domésticos y películas históricas. Esta diversidad formal revela que la identidad chicana nunca ha sido homogénea; se encuentra en permanente negociación entre la herencia mexicana, la experiencia estadounidense y las múltiples culturas indígenas y latinoamericanas que la atraviesan.
En este sentido, el ciclo dialoga con Jacques Derrida en sus reflexiones sobre el archivo, en el cual conservar siempre implica seleccionar, y toda selección constituye una operación política. Estas películas recuperan aquello que durante décadas permaneció fuera de las instituciones culturales, transformando imágenes marginales en patrimonio colectivo.
El título de la exposición contiene un gesto curatorial central, la palabra AztLÁN incorpora visualmente las iniciales «L.A.», haciendo referencia a Los Ángeles, ciudad que durante décadas se ha convertido en uno de los principales centros de producción artística chicana.
Este juego tipográfico vincula el mito mexica de Aztlán, el lugar de origen de los pueblos nahuas, con la experiencia contemporánea de millones de mexicanos y latinoamericanos que han construido nuevas formas de pertenencia en California.
La operación resulta simbólica, donde el territorio mítico deja de ser un pasado remoto para convertirse en un espacio cultural contemporáneo donde convergen historia, migración y producción artística. Los Ángeles aparece así como un nuevo Aztlán, como un territorio híbrido donde las identidades no desaparecen, sino que se transforman.

La propuesta curatorial del Museo del Palacio de Bellas Artes profundiza esta idea mediante cuatro núcleos temáticos, East Side Stories, Varrio, Desmuralismos y Transtemporalidades, donde se entienden el tiempo no como una sucesión lineal, sino como una conversación permanente entre pasado, presente y futuro. La memoria deja entonces de ser nostalgia para convertirse en una práctica activa de imaginación política.
Uno de los ejes del ciclo aparece en su primer programa Al carajo con Hollywood.
Durante más de un siglo, el cine estadounidense construyó una imagen profundamente estereotipada de México y de los mexicoamericanos. El bandido, el «greaser», el inmigrante ilegal o el personaje cómico conformaron un repertorio visual que legitimó múltiples formas de discriminación cultural.
Las películas reunidas en esta sección responden directamente a esa tradición. No se limitan a denunciar los estereotipos; producen nuevas representaciones donde la comunidad chicana deja de ser objeto de observación para convertirse en sujeto de su propia narrativa.
El gesto resulta político porque implica recuperar el derecho a representarse a sí mismos. Como señaló Stuart Hall, las identidades culturales no existen de manera fija; se producen continuamente mediante los sistemas de representación. Cambiar las imágenes significa también transformar las posibilidades de existencia social.

El segundo programa pone en evidencia uno de los rasgos más característicos del arte chicano, la constante relación entre disciplinas.
Pintura, muralismo, fotografía, cine experimental y videoarte aparecen como lenguajes que dialogan entre sí. Esta mezcla rompe con las categorías tradicionales de la historia del arte y revela una práctica colectiva.
Muchas de estas obras surjen del espacio urbano. Los murales, las intervenciones callejeras y posteriormente el video constituyen formas de apropiación del espacio público por comunidades históricamente invisibilizadas. El cine deja de registrar únicamente la realidad para convertirse en una extensión de esas mismas prácticas artísticas.
Quizá el núcleo más significativo del ciclo sea The Past is a Foreign Country, donde la memoria aparece vinculada directamente con los movimientos sociales de la comunidad chicana.
Las luchas por los derechos civiles, las manifestaciones contra la guerra de Vietnam, el movimiento estudiantil, las organizaciones comunitarias y el activismo feminista son reconstruidos mediante materiales documentales que permiten comprender la dimensión política de esta identidad cultural.
Aquí la memoria opera como herramienta crítica. Walter Benjamin advertía que recordar implica rescatar aquellas historias derrotadas que el progreso intenta borrar. Las películas del programa recuperan precisamente esos momentos donde las comunidades migrantes organizaron formas colectivas de resistencia frente al racismo estructural.
Uno de los aspectos más interesantes del ciclo aparece en su último programa We Didn’t Cross the Border, the Border Crossed Us.
La frase resume una verdad histórica frecuentemente olvidada, donde gran parte del actual territorio estadounidense perteneció anteriormente a México. La frontera no únicamente divide territorios; también reorganiza memorias, lenguas y pertenencias.
Las películas reunidas aquí muestran que la frontera constituye mucho más que un límite geográfico. Es un espacio cultural donde nacen nuevas formas de producción artística.
Videoensayo, performance, animación, cine doméstico y registros documentales conviven para representar experiencias cotidianas que difícilmente podrían expresarse mediante los formatos cinematográficos convencionales. La frontera aparece entonces como laboratorio estético.
En tiempos donde las migraciones continúan siendo criminalizadas y las comunidades latinas enfrentan formas de exclusión, AztLÁN, túnel del tiempo adquiere una relevancia que trasciende el ámbito cinematográfico.
La muestra recuerda que toda imagen posee una dimensión política. Filmar significa decidir qué merece ser recordado y quién tiene derecho a ocupar un lugar dentro de la memoria colectiva.
Las setenta obras reunidas en la exposición y los cinco programas cinematográficos proponen una lectura distinta de la historia compartida entre México y Estados Unidos. Buscan hacer visibles las múltiples voces que durante décadas quedaron fuera del relato oficial.
Esa es la virtud del ciclo, el como comprender que la memoria no consiste únicamente en conservar el pasado, sino en construir posibilidades para el futuro.
En este sentido el cine chicano imagina formas de pertenecer, de habitar las fronteras y de comprender que toda identidad es, inevitablemente, un territorio en movimiento. Estas películas nos recuerdan que la cultura no viaja únicamente con quienes cruzan las fronteras; son también las imágenes, los relatos y las memorias las que mantienen vivo un territorio que ya no puede localizarse únicamente en un mapa, sino en la experiencia compartida de quienes continúan reinventando el significado de Aztlán.
