Colonialidad algorítmica, extractivismo de datos y ecologías de la imagen en América Latina
«Toda extracción comienza borrando aquello que considera prescindible.”
Cristina Rivera Garza

Durante décadas, el debate sobre la inteligencia artificial ha estado dominado por un imaginario de progreso. Los discursos corporativos prometen eficiencia, automatización, creatividad ampliada y un futuro gobernado por sistemas cada vez más inteligentes. Sin embargo, detrás de esa narrativa optimista comienza a emerger otra lectura, la inteligencia artificial no representa únicamente una revolución tecnológica, sino la consolidación de una nueva etapa del extractivismo contemporáneo. En lugar de extraer únicamente minerales del subsuelo, ahora también se explotan datos, memorias, imágenes, afectos y conocimientos. La minería ya no ocurre solamente en la tierra; también sucede en los archivos digitales.
Detrás de cada imagen sintetizada, de cada respuesta automatizada y de cada modelo entrenado existe una compleja infraestructura compuesta por minerales, energía, trabajo humano, centros de datos, cadenas logísticas y enormes volúmenes de información apropiada. La inteligencia artificial no flota en una nube inmaterial, posee una geología.
En este sentido la historia de América Latina puede leerse como una sucesión de tecnologías extractivas. Desde la conquista europea, el continente ha funcionado como un inmenso laboratorio donde se ensayan formas cada vez más sofisticadas de apropiación de recursos naturales, cuerpos, saberes y territorios. Oro, plata, caucho, azúcar, petróleo, litio o cobre constituyen apenas distintos momentos de una misma racionalidad económica, convertir la vida en materia explotable.
La idea que se propone es la noción de los «Rechazos Informacionales». Este término establece una analogía entre los residuos producidos por la minería tradicional y aquellos fragmentos de información que las plataformas digitales recolectan, clasifican, procesan y reutilizan como materia prima para entrenar sistemas de inteligencia artificial. Si durante los siglos XIX y XX el capitalismo industrial convirtió la tierra en una reserva de materias primas, el capitalismo algorítmico transforma ahora la experiencia humana en un yacimiento de datos. La inteligencia artificial aparece así como una maquinaria de extracción cuya materia prima son las imágenes, los archivos, las conversaciones, las memorias y los comportamientos cotidianos. En esta perspectiva, los datos dejan de ser registros para convertirse en un recurso natural del capitalismo digital.

No existe inteligencia artificial sin litio, sin cobre, sin agua. La aparente desmaterialización del algoritmo descansa sobre una extraordinaria materialidad geológica. Kate Crawford ha mostrado que detrás de cada sistema de inteligencia artificial existe una extensa cadena extractiva que comienza mucho antes del procesamiento computacional. América Latina ocupa un lugar central dentro de esa geografía, mediante el triángulo del litio entre Bolivia, Chile y Argentina, las minas brasileñas de hierro, las reservas mexicanas de minerales estratégicos y las enormes infraestructuras energéticas que sostienen el funcionamiento de los centros de datos forman parte del mismo paisaje tecnológico. La nube continúa siendo una mina.
En Atlas of AI Crawford demuestra que la inteligencia artificial constituye una red de extracción distribuida que comienza en las minas de litio del altiplano sudamericano, continúa en las fábricas de ensamblaje asiáticas, atraviesa enormes centros de datos alimentados por combustibles fósiles y culmina en sistemas de clasificación automatizada que reorganizan la vida social. La inteligencia artificial, por tanto, no sustituye al extractivismo clásico, lo amplifica. La nube nunca fue una nube, siempre fue una montaña.
Este capitalismo constituye la expansión de la lógica extractivista hacia un nuevo territorio: la memoria. La extracción hoy explota los imaginarios, las experiencias, los lenguajes y formas de vida. Esta reflexión desplaza la discusión habitual sobre la IA. Ya no se trata únicamente de saber qué pueden hacer los algoritmos, sino de preguntarse qué condiciones materiales permiten su existencia y qué formas de violencia permanecen ocultas detrás de su aparente inmaterialidad.
Cada fotografía publicada, cada conversación registrada, cada imagen archivada y cada interacción cotidiana se convierten en parte de una gigantesca economía de la extracción. Lo que anteriormente carecía de valor económico adquiere una productividad.
En lugar de preguntar únicamente qué pueden hacer las máquinas, la pregunta se vuelve política: ¿qué territorios están siendo explotados para que estas tecnologías funcionen?, ¿qué memorias son apropiadas?, ¿qué cuerpos permanecen invisibles?, ¿quién obtiene el beneficio económico de esa extracción?

Esta idea permite comprender que el llamado capitalismo de datos no constituye un fenómeno exclusivamente tecnológico. Es una continuidad histórica del colonialismo.
La conferencia plantea la necesidad de construir un pensamiento crítico capaz de comprender simultáneamente las posibilidades creativas y las relaciones de poder inscritas en estas herramientas. Esa postura es relevante en un contexto donde la IA ya forma parte de prácticamente todos los procesos de producción cultural, incluso cuando los usuarios no son plenamente conscientes de ello, no se trata simplemente de datos, se trata de residuos culturales.
Donna Haraway advirtió hace décadas que las tecnologías nunca son neutrales. En Staying with the Trouble, propone abandonar la ilusión de un futuro salvador para aprender a habitar los problemas del presente. La inteligencia artificial no constituye una excepción. Su emergencia obliga a pensar en redes de interdependencia donde humanos, máquinas, minerales, ecosistemas y corporaciones participan simultáneamente en la producción de conocimiento. La pregunta ya no consiste en determinar si las máquinas son inteligentes, sino en identificar qué relaciones políticas hacen posible esa inteligencia. En América Latina el problema nunca fue exclusivamente tecnológico, fue extractivista.
Néstor García Canclini plantea que América Latina nunca ingresó plenamente en la modernidad; más bien aprendió a habitar una permanente condición híbrida donde conviven distintos tiempos históricos. La inteligencia artificial reproduce esta condición. Mientras los modelos computacionales anuncian el futuro, continúan dependiendo de formas profundamente arcaicas de explotación mineral, concentración de riqueza y desigualdad territorial.
Suely Rolnik ha descrito cómo el neoliberalismo captura la potencia vital convirtiendo el deseo en productividad económica. La inteligencia artificial opera exactamente sobre esa captura, transformando la creatividad, el lenguaje y la experiencia cotidiana en recursos entrenables. No existen datos inocentes, existen memorias convertidas en mercancía.

Durante la conferencia, Lucas Bambozzi reconstruye una genealogía tecnológica que enlaza a los autómatas, la cibernética, la cultura cyborg, los test de Turing, los deepfakes, las ficciones distópicas y el mercado contemporáneo de los datasets. Todas estas referencias forman un imaginario colectivo que revela las formas históricas mediante las cuales Occidente ha intentado definir la inteligencia como un atributo exclusivamente humano. La IA pone en crisis precisamente esa definición, mostrando que los criterios para reconocer la inteligencia siempre han estado atravesados por relaciones de poder.
La propuesta de Bambozzi consiste en desarrollar un pensamiento crítico capaz de observar las condiciones materiales que sostienen el funcionamiento de estas tecnologías. Esa posición dialoga directamente con Bruno Latour, quien insistió en que nunca existen objetos puramente técnicos. Cada dispositivo constituye una red de asociaciones entre actores humanos y no humanos. Un modelo de inteligencia artificial no puede comprenderse únicamente como software; es también legislación, infraestructura eléctrica, minería, trabajo precarizado, plataformas digitales y capital financiero.
Por otro lado Hito Steyerl plantea a las imágenes operativas, ubicándolas dentro del capitalismo contemporáneo donde las imágenes ya no existen únicamente para ser contempladas, trabajan, circulan, clasifican, vigilan, aprenden, entrenan algoritmos, administran poblaciones. Las plataformas visuales participan activamente en la reorganización del territorio.
Las imágenes son dispositivos de poder.

¿Cómo desarrollar una práctica crítica cuando la propia infraestructura creativa pertenece a corporaciones cuya lógica responde al extractivismo financiero?
La noción de progreso tecnológico aparece entonces cuestionada. Benjamin Bratton ha señalado que la computación planetaria reorganiza la soberanía mediante una arquitectura distribuida que supera los límites tradicionales del Estado. En The Stack, las plataformas digitales operan como una nueva capa geopolítica capaz de gobernar territorios, poblaciones e infraestructuras. Desde esta perspectiva, la inteligencia artificial deja de ser una herramienta para convertirse en una forma de organización planetaria donde las Big Tech administran tanto la circulación de información como las posibilidades mismas de representación. Google, Amazon, Microsoft o Meta producen una soberanía distribuida capaz de reorganizar simultáneamente infraestructura, información y comportamiento social.
La cartografía ya no pertenece al espacio público, sino al algoritmo.
Jacques Derrida afirmaba que no existe archivo sin poder, hoy esa afirmación adquiere otra dimensión, donde los grandes archivos visuales del planeta ya no pertenecen a los Estados ni a las universidades, pertenecen a corporaciones privadas, las plataformas digitales administran simultáneamente información, territorio y comportamiento social.
América Latina conoce desde hace siglos esta forma de administración, las cartografías coloniales ya organizaban el territorio para hacerlo explotable, la diferencia consiste en que ahora esa cartografía se realiza mediante algoritmos.

Aníbal Quijano habló de la colonialidad del poder, sin embargo hoy podríamos pensar en una colonialidad de los datos. La inteligencia artificial no solamente clasifica información, también clasifica culturas, jerarquiza lenguajes, normaliza imaginarios, decide qué imágenes serán visibles y cuáles permanecerán fuera del archivo. La imagen deja de ser un objeto cultural para convertirse en una unidad operativa dentro del capitalismo computacional.
La desaparición cartográfica del Pico de Itabirito es revelador. Mientras la minería destruye físicamente el territorio, las plataformas digitales eliminan simultáneamente su representación visual. El paisaje desaparece dos veces, desapareciéndolo primero del territorio y después del mapa. Mientras la minería destruye físicamente la montaña, los sistemas cartográficos automatizados eliminan también su representación, la violencia ya no ocurre únicamente sobre el territorio, también ocurre sobre el archivo.
Silvia Rivera Cusicanqui ha insistido en que toda forma de colonialismo comienza administrando la memoria. No basta con ocupar un territorio; también es necesario reorganizar las narraciones que permiten comprenderlo, Google Earth deja entonces de ser una herramienta cartográfica y se convierte en una tecnología de la memoria. Aquello que no aparece registrado corre el riesgo de dejar de existir políticamente. Lo que deja de estar representado corre el riesgo de dejar de existir simbólicamente.
Si durante siglos los mapas certificaban la existencia de un territorio, hoy las plataformas digitales producen una nueva geografía donde la visibilidad depende de decisiones tomadas por corporaciones privadas. Además de almacenar información, las plataformas digitales, organizan los modos de ver, recordar y representar el mundo. En consecuencia, las infraestructuras digitales se convierten en formas de colonización, donde la soberanía ya no depende únicamente del control territorial sino también del control de las bases de datos.

La cartografía digital deja de ser un simple sistema de orientación para convertirse en un dispositivo de poder. Si un territorio no aparece registrado, su existencia comienza a desdibujarse en el imaginario colectivo. La desaparición ya no ocurre únicamente sobre el terreno; también sucede dentro de las bases de datos.
El trabajo cartográfico sobre las infraestructuras digitales desarrollado por Vladan Joler nos muestra que detrás de una acción aparentemente trivial, como realizar una búsqueda o generar una imagen, participan cientos de procesos materiales, legales, económicos y energéticos distribuidos globalmente. Los algoritmos no son líneas abstractas de código; son redes planetarias de extracción y circulación de valor. Los mapas de Joler convierten lo invisible en visible, la inteligencia artificial deja entonces de aparecer como una caja negra para revelarse como una inmensa ecología de extracción.
El extractivismo digital produce nuevas formas de invisibilidad. Mientras el extractivismo mineral destruye físicamente el territorio, la infraestructura algorítmica elimina su existencia simbólica. Esta dimensión material ha sido desarrollada por Jussi Parikka mediante el concepto de geología de los medios. Frente a la ilusión de que la cultura digital pertenece al ámbito de lo virtual. Parikka demuestra que toda tecnología posee una historia profundamente mineral. Los dispositivos electrónicos comienzan en la extracción de tierras raras, cobre, silicio, coltán o litio, y concluyen en enormes depósitos de basura tecnológica dispersos por el planeta. No existen algoritmos limpios, existen infraestructuras cuidadosamente invisibilizadas.
La imagen sintética no sustituye a la naturaleza; constituye una condensación de múltiples procesos extractivos.
Eduardo Viveiros de Castro, mediante su propuesta del perspectivismo amerindio cuestiona la idea occidental de una única naturaleza compartida por múltiples culturas. Existen múltiples mundos, no uno solo.
Yuk Hui desarrolla una intuición semejante mediante el concepto de cosmotécnicas, donde toda tecnología expresa una cosmología y es allí donde la inteligencia artificial dominante expresa una cosmología neoliberal basada en la optimización permanente, la extracción y la acumulación de datos.

Pensar desde América Latina implica preguntarse qué tipo de inteligencia artificial podría surgir desde otras epistemologías. Esta posibilidad abre un horizonte relevante para América Latina. Si el extractivismo colonial convirtió históricamente el territorio en reserva de materias primas, el capitalismo algorítmico amenaza con convertir también la memoria, los archivos y la producción cultural en nuevas reservas de datos. Resistir esta lógica implica desarrollar infraestructuras críticas, archivos comunitarios y prácticas artísticas capaces de intervenir las condiciones mismas de producción de las imágenes.
¿Qué ocurre cuando los archivos indígenas entrenan modelos? ¿Qué sucede cuando la memoria comunitaria sustituye a las bases de datos corporativas? ¿Qué imágenes produce una inteligencia artificial alimentada por archivos afectivos en lugar de plataformas comerciales? ¿Cómo construir modelos que aprendan de memorias indígenas, afrodescendientes o campesinas sin convertirlas nuevamente en mercancía? ¿Cómo desarrollar tecnologías que no reproduzcan el extractivismo colonial?
En este sentido Ticio Escobar ha defendido que el arte latinoamericano no debe entenderse como ilustración de conflictos sociales, sino como un espacio capaz de producir formas alternativas de sensibilidad. La práctica artística puede revelar aquello que las infraestructuras tecnológicas intentan invisibilizar, puede intervenir archivos, alterar bases de datos, reescribir cartografías, construir contraimágenes.

Por otro lado Achille Mbembe nos muestra como el capitalismo contemporáneo reorganiza permanentemente los límites entre vida y muerte mediante nuevas formas de administración de los cuerpos. La inteligencia artificial participa de esta reorganización, porque automatiza decisiones, determina qué vidas producen datos valiosos, cuáles serán visibles, cuáles permanecerán estadísticamente insignificantes.
Beatriz Colomina ha mostrado que la arquitectura moderna nunca fue únicamente una cuestión de edificios; también consistió en producir nuevas formas de percepción. Las plataformas digitales constituyen hoy la arquitectura desde donde habitamos el mundo, Google Maps, ChatGPT, Instagram, Midjourney, organizan nuevas espacialidades cognitivas.
Habitamos interfaces antes que ciudades, la inteligencia artificial construye arquitecturas invisibles y toda arquitectura distribuye poder.
Así mismo Franco «Bifo» Berardi añade a este esquema otra dimensión, donde el capitalismo ya no explota únicamente la fuerza física del trabajo, extrae atención, sensibilidad, lenguaje, imaginación. Y es allí donde encontramos como la inteligencia artificial acelera esta captura del trabajo cognitivo.
La crítica a este universo de algoritmos alcanza el modelo económico que sostiene el desarrollo de la inteligencia artificial. Frente al entusiasmo inicial de Internet como espacio de colaboración, emerge un ecosistema caracterizado por suscripciones, segmentación de usuarios, modelos premium, limitaciones artificiales y dependencia tecnológica. La creatividad comienza a medirse por la capacidad económica para acceder a herramientas más sofisticadas.
Paradójicamente, cuanto mayor es la promesa de democratización, más complejas se vuelven las condiciones de acceso. El conocimiento técnico envejece con enorme rapidez; las plataformas cambian constantemente; las interfaces obligan a reaprender procesos una y otra vez. La inteligencia artificial no elimina las desigualdades previas, sino que produce otras nuevas, ahora organizadas alrededor del acceso diferencial a la infraestructura computacional.

La cuestión no reside en aceptar o rechazar la inteligencia artificial, sino en comprender las condiciones materiales, económicas y políticas bajo las cuales opera. Desde esta perspectiva, el desafío para artistas, investigadores y educadores consiste en desplazar la discusión hacia el análisis de las infraestructuras invisibles que sostienen la producción algorítmica. Comprender cómo se construyen los datasets, quién controla las plataformas, qué memorias se preservan y cuáles se eliminan resulta mucho más urgente que celebrar cada nueva herramienta generativa.
La propuesta de Bambozzi constituye una invitación a observar aquello que normalmente permanece oculto. Toda tecnología produce residuos. La minería deja montañas devastadas; la inteligencia artificial deja archivos apropiados, sesgos amplificados, territorios invisibilizados y memorias reorganizadas según intereses económicos. Pensar esos residuos significa recuperar una dimensión ética de la tecnología.
Recordemos que toda inteligencia artificial está construida sobre una ecología material de extracción. Detrás de cada imagen generada existen minerales, servidores, energía eléctrica, trabajo humano, infraestructuras globales y enormes archivos de información apropiada. La inteligencia no aparece espontáneamente; siempre tiene una geología, una economía y una política.
Frente al imaginario de la nube, debemos pensar en montañas, frente a la abstracción del algoritmo, debemos observar minas, frente a la neutralidad del dato, debemos recuperar la memoria.
En un momento histórico donde la inteligencia artificial amenaza con convertirse en la infraestructura dominante de la producción cultural, el desafío para los artistas, curadores e investigadores consiste en construir otras formas de alfabetización material. Leer un algoritmo significa también leer una cadena de extracción. Interpretar una imagen generada implica interpretar las relaciones laborales, energéticas y territoriales que hicieron posible su existencia.

Toda imagen sintética es también una montaña excavada, todo algoritmo es una geografía y toda inteligencia artificial es, antes que una promesa tecnológica, una disputa por la memoria, el territorio y la imaginación política.
Pensar los algoritmos desde su dimensión geológica significa comprender que cada imagen sintética contiene litio, hierro, agua, electricidad, trabajo humano y memoria colectiva. Significa reconocer que la inteligencia nunca ha sido exclusivamente computacional; siempre ha dependido de redes materiales y relaciones sociales. La verdadera innovación crítica consiste, entonces, en devolver visibilidad a aquello que las plataformas intentan mantener oculto.
La pregunta ya no es cuánto puede producir una inteligencia artificial, sino qué destruye para hacerlo posible.
En tiempos donde la IA parece convertirse en el lenguaje dominante de la cultura contemporánea, recuperar esa conciencia crítica no significa rechazar la tecnología, sino aprender a leer sus capas invisibles. Solo entonces será posible imaginar formas de creación que, en lugar de profundizar el extractivismo digital, abran nuevas posibilidades para una tecnología comprometida con la memoria, el territorio y la justicia social. Esa tarea no pertenece únicamente a ingenieros o científicos de datos; constituye, ante todo, una responsabilidad estética, política y cultural.
En América Latina, donde la historia del extractivismo continúa escribiéndose sobre montañas perforadas, ríos contaminados y comunidades desplazadas, la inteligencia artificial aparece como una nueva frontera colonial, porque convierte también la memoria en un recurso explotable. Frente a ello, el arte nos abre otro horizonte, el de una arqueología crítica capaz de devolver espesor histórico a las imágenes, para no producir más datos, sino producir nuevas formas de recordar.
La verdadera tarea del arte contemporáneo latinoamericano es transformar los rechazos informacionales en lugares de resistencia, convertir el archivo en territorio y devolver a las imágenes la capacidad de interrumpir la lógica infinita de la extracción.
