
Khmeli potoli, Georgia-Alemania, 2025, 186 min.
D, G, F en C y E: Alexandre Koberidze.
Hojas secas es una elegía al acto de mirar. Alexandre Koberidze convierte la búsqueda de una fotógrafa ausente en una deriva por los paisajes rurales de Georgia donde la memoria, el azar y la materialidad de las imágenes desplazan cualquier expectativa de resolución narrativa. Presentada en el 45 Foro Internacional de Cine, la película confirma a Koberidze como una de las voces singulares del cine contemporáneo, capaz de transformar el viaje en una forma de pensamiento y la imagen imperfecta en un gesto de resistencia estética.
En una época dominada por cámaras capaces de registrar cada detalle con precisión milimétrica, resulta subversivo encontrar una película que reivindique el valor de la baja resolución. Hojas secas cuestiona la identificación entre calidad técnica y calidad de la mirada.
En el film Lisa, una joven fotógrafa, desaparece mientras documenta estadios de fútbol repartidos entre siete aldeas de Georgia. Su padre emprende la búsqueda acompañado por Levani, el mejor amigo invisible de la joven. Sin embargo, muy pronto queda claro que Koberidze no está interesado en resolver un enigma policial. La desaparición funciona apenas como el impulso inicial para recorrer un territorio donde cada pueblo, cada encuentro y cada relato desplazan progresivamente el centro de la historia.

A medida que el viaje avanza, la búsqueda deja de orientarse hacia una persona para dirigirse hacia una forma de comprender el mundo. Los habitantes de las aldeas comparten recuerdos, pequeñas historias y experiencias cotidianas que transforman el recorrido en una cartografía afectiva del paisaje georgiano. Lisa permanece ausente, pero su ausencia termina organizando una comunidad de relatos donde el tiempo parece expandirse en múltiples direcciones.
Koberidze entiende el desplazamiento como una forma de conocimiento. Cada camino recorrido modifica la percepción de los personajes y también la del espectador, que aprende a observar el paisaje como un espacio donde la memoria colectiva permanece inscrita en la geografía.
El director opta deliberadamente por trabajar con cámaras de baja resolución, alejándose del ideal contemporáneo de la nitidez absoluta. Esta decisión constituye una toma de posición estética y política. La imagen imperfecta recupera aquello que la alta definición suele eliminar, el temblor, la fragilidad, el azar y la conciencia de que toda representación es necesariamente incompleta.

En ese gesto puede leerse una crítica al régimen visual dominante. Vivimos rodeados de imágenes técnicamente impecables que prometen una transparencia absoluta del mundo. Koberidze propone exactamente lo contrario, nos propone recordar que ver implica también aceptar zonas de indeterminación. La baja resolución no empobrece la imagen; la vuelve más abierta a la imaginación y a la memoria.
Esta preocupación por la materialidad de la imagen atraviesa toda la filmografía del realizador georgiano. Ya en Let the Summer Never Come Again, filmada con un teléfono celular, y especialmente en What Do We See When We Look at the Sky?, Koberidze había desarrollado un cine atento a las pequeñas transformaciones de la percepción cotidiana. Hojas secas lleva esa búsqueda un paso más allá al convertir la propia tecnología cinematográfica en tema de reflexión.
La presencia de Lisa como fotógrafa desaparecida introduce otra dimensión, ya que funda su trabajo en registrar imágenes de estadios de fútbol dispersos por pequeñas aldeas, lugares que habitualmente permanecen fuera de los grandes relatos nacionales. Su desaparición convierte esas fotografías potenciales en un archivo imposible, en una colección de imágenes que quizás nunca lleguen a existir. El cine asume entonces la tarea de preservar aquello que la fotografía ya no puede registrar.
Koberidze apuesta por una temporalidad dilatada donde el tiempo adquiere espesor. Los silencios, las caminatas y las conversaciones aparentemente insignificantes permiten que el paisaje se revele lentamente, como si la película quisiera enseñarnos otra vez a mirar.

Dentro del 45 Foro Internacional de Cine, Hojas secas dialoga con varias de las preocupaciones del programa, el archivo, la memoria, el territorio y las formas alternativas de representación. Sin embargo, su singularidad reside en desplazar esas cuestiones hacia una reflexión sobre el estatuto mismo de la imagen cinematográfica. ¿Qué ocurre cuando renunciamos a la perfección técnica? ¿Qué tipo de experiencias visuales se vuelven posibles cuando aceptamos que toda imagen es parcial y vulnerable?
Hojas secas recuerda que la potencia del cine nunca ha dependido exclusivamente de su capacidad para reproducir el mundo con exactitud, sino de su facultad para revelar aquello que permanece invisible incluso en las imágenes más nítidas.
Alexandre Koberidze convierte una desaparición en una reflexión sobre la persistencia de la memoria y una crítica silenciosa al imaginario tecnológico contemporáneo. Hojas secas deja abiertas las preguntas, permitiendo que el espectador continúe el viaje.
