
Zona Fantasma es un programa de radio experimental impulsado por el colectivo Zona de Riesgo que explora la relación entre cuerpo, archivo, error, memoria y tecnologías contemporáneas desde una perspectiva sonora, poética y política.
El programa funciona como una plataforma de transmisión expandida donde convergen arte sonoro, poesía experimental, spoken word, paisaje sonoro, ruido, entrevistas, lectura de manifiestos, improvisación, registros de campo, ficciones especulativas y procesos colectivos de escucha.
Zona Fantasma propone una experiencia de deriva auditiva donde cada emisión se convierte en un territorio de resonancia crítica y sensibilidad compartida.
Zona Fantasma es conducido y producido por Mónica Martz M y Bruno Bresani
En esta segunda emisión de Zona Fantasma exploraremos el cuerpo como interfaz, un territorio donde se encuentran movimiento, percepción, tecnología y experiencia.
Nos acompaña la artista Alejandra Ceriani, cuya práctica articula cuerpo, performance, danza y tecnología. A través de sensores, captura de movimiento, sistemas audiovisuales e inteligencia artificial, investiga cómo los dispositivos transforman nuestra manera de percibir, experimentar y representar el cuerpo.
Una conversación sobre el encuentro entre cuerpo y máquina, y sobre las nuevas formas de presencia, percepción y conocimiento que emergen de esta relación.

Entrevista – Alejandra Ceriani
Alejandra Ceriani desarrolla una práctica interdisciplinaria que articula cuerpo, performance, danza y tecnología. Su trabajo explora el cuerpo como territorio sensible e interfaz, investigando las relaciones entre movimiento, percepción, datos y dispositivos interactivos.
A través de sensores, captura de movimiento, sistemas audiovisuales e inteligencia artificial, cuestiona las formas en que la tecnología representa, transforma y produce nuevas experiencias de lo corporal. Su práctica propone espacios de experimentación donde cuerpo y máquina se encuentran para generar otras formas de presencia, percepción y conocimiento.
1-El cuerpo como primera interfaz
En gran parte de tu investigación propones que el cuerpo no es simplemente el soporte de la tecnología, sino una interfaz en sí misma. ¿Cómo entiendes esta idea y de qué manera transforma nuestra forma de pensar la danza, la performance y la relación entre el ser humano y los dispositivos digitales?
Cuando planteo el cuerpo como interfaz, no estoy pensando en el cuerpo simplemente como un soporte sobre el cual se coloca una tecnología. Me interesa pensarlo como un espacio de mediación y de intercambio entre el cuerpo, el sistema tecnológico y el entorno.
En mi tesis doctoral Génesis y actualidad de la escena tecnológica de Buenos Aires (1996-2016): estudio de lo analógico a lo digital en la danza performance, parto de una transformación que considero central para ese momento: el pasaje del cuerpo de “carne y hueso” hacia un cuerpo que, en interacción con sensores, dispositivos, software e interfaces, también puede ser capturado, modelizado, parametrizado y traducido en información. Por eso propuse analizar el cuerpo en dos dimensiones: el cuerpo físico y presencial, que acciona sobre el sistema, y el cuerpo modelizado, que es capturado y transformado en imagen, sonido o información codificada.
Esto modifica bastante la manera de pensar la danza performance. El movimiento deja de ser solamente algo que el bailarín produce y que el espectador observa. En una práctica interactiva, el movimiento puede convertirse en información de entrada para un sistema; esa información es interpretada por sensores y software y produce una respuesta que vuelve al cuerpo. Se genera entonces un circuito de retroalimentación entre cuerpo, dispositivo, programación, programadores, espacio, imagen y sonido.
Por eso me interesa hablar del cuerpo como interfaz: porque el cuerpo no está simplemente “delante” de la tecnología, sino que forma parte del dispositivo de producción de la obra. El cuerpo activa, modifica y también es modificado por el sistema.
Pero hay algo que para mí es fundamental: esto no significa que la tecnología pueda capturar el cuerpo tal cual es. Los dispositivos tienen límites; reconocen determinados movimientos, gestos o parámetros. En la tesis aparece, justamente, la problemática de lo que algunos denominan como el “encorsetamiento” del cuerpo: cuando el performer adapta su movimiento a aquello que el sistema puede reconocer, la tecnología comienza a condicionar la propia producción corporal.
Entonces, la relación entre cuerpo y tecnología es una relación de interacción, dialogo y transformación mutua.
En ese sentido, la tecnología no es solamente una herramienta que utilizamos para hacer danza o performance. Se convierte en parte de la estructura sensible, compositiva y experimental. Y allí aparece, para mí, un proceso híbrido en el que cuerpo, programación, programadores, dispositivos, espacio y percepción participan de una construcción en tiempo real.
Por eso diría que el cuerpo es una primera interfaz: porque antes de pensar en la pantalla, el sensor o el dispositivo digital, tenemos cuerpos que perciben, accionan, modelizan y establecen relaciones. La tecnología amplía esas posibilidades, pero también las condiciona y las transforma.
2-Tecnologías que modifican la percepción
En tus proyectos aparecen constantemente cámaras, sensores, redes, pantallas y sistemas interactivos. Más que herramientas, parecen convertirse en extensiones sensibles del cuerpo. ¿Cómo cambia nuestra percepción de nosotros mismos cuando el movimiento ya no termina en la piel, sino que continúa en un entorno tecnológico y virtual?
Uno de los aspectos que me interesó investigar es que, cuando el cuerpo entra en relación con tecnologías interactivas, la experiencia corporal ya no queda limitada a aquello que sucede dentro de los bordes físicos del cuerpo.
En mi investigación cuerpo-performance-tecnología en proyecto Hoseo (2005-2010) y Speakinteractive (2007-2018) puse en foco una distinción entre un cuerpo físico y presencial y un cuerpo parametrizado o modelizado. El primero es el cuerpo que se mueve, gesticula y acciona sobre sensores, cámaras y dispositivos. El segundo es ese mismo cuerpo cuando es capturado, traducido y transformado por el sistema en datos, imágenes, sonidos o señales que el software puede procesar.
Esto produce una modificación importante de nuestra percepción. El movimiento que realizo con mi cuerpo puede reaparecer transformado en otro lugar: puede convertirse en una imagen, en un sonido, en una proyección o en una modificación del entorno. Entonces comienzo a percibir mi propio movimiento a través de las respuestas que el sistema me devuelve.
Por eso hablo de un proceso de retroalimentación. El cuerpo actúa sobre el sistema, pero el sistema también devuelve información que vuelve a incidir sobre el cuerpo. Se genera un circuito: cuerpo, dispositivo, programación, imagen, sonido y nuevamente cuerpo. La escena interactiva se construye justamente en esa relación dinámica.
Esto modifica también la idea de presencia. El cuerpo puede estar físicamente en un espacio y, al mismo tiempo, tener una existencia proyectada, modelizada o virtual. Aparece entonces otra forma de presencia corporal, que no reemplaza al cuerpo físico, sino que lo amplía, lo desdobla y lo pone en relación con otras dimensiones espaciales y temporales.
Pero hay algo que me parece importante aclarar: no se trata de pensar que la tecnología reproduce o comprende completamente nuestro cuerpo. La computadora trabaja con datos y parámetros. Puede captar un movimiento o un gesto, pero no necesariamente puede interpretar su dimensión sensible, subjetiva o semántica. En la tesis aparece justamente esta tensión entre lo que puede ser capturado y aquello del movimiento corporal que permanece fuera de esa modelización.
Por eso, más que hablar de la tecnología como una simple extensión del cuerpo, prefiero pensar en una relación de transformación mutua. El cuerpo aprende a moverse de otra manera porque existe un sistema que responde; y el sistema, a su vez, adquiere sentido a partir de las acciones corporales que lo activan.
En definitiva, estas tecnologías nos hacen experimentar que nuestro cuerpo puede tener múltiples estados y múltiples formas de presencia: el cuerpo que está, el cuerpo que es capturado, el cuerpo que se convierte en información y el cuerpo que vuelve a percibirse a través de esa información. Y ahí aparece una cuestión que sigue siendo central para mí: cómo estas nuevas condiciones tecnológicas no solamente modifican lo que hacemos con el cuerpo, sino también cómo construimos conciencia de nuestra propia presencia y de nuestra relación con el entorno.
3-Presencia, ausencia y telepresencia
Has trabajado durante años con la telepresencia y las prácticas escénicas en red. Después de experiencias globales como la pandemia, donde gran parte de nuestras relaciones ocurrieron a través de pantallas, ¿cómo ha cambiado tu visión sobre la presencia? ¿Puede un cuerpo digital producir la misma intensidad afectiva, política o estética que un cuerpo compartiendo el mismo espacio físico?
La pregunta por la presencia viene acompañando prácticamente todo mi recorrido de investigación. En la tesis tanto de maestría como la doctoral trabajé sobre la transformación de la presencia corporal cuando la danza y la performance comienzan a desplazarse hacia redes, dispositivos, pantallas y espacios telemáticos. Pero con el tiempo esa pregunta fue tomando otras formas.
La pandemia, evidentemente, produjo una experiencia colectiva muy fuerte de algo que quienes trabajábamos con telepresencia ya veníamos explorando: podemos estar separados físicamente y, sin embargo, construir una situación compartida de presencia. Pero también nos mostró que la mediación tecnológica no es neutra. No es lo mismo compartir un espacio corporal que compartir una imagen, una voz o una presencia mediada por una pantalla.
En mis investigaciones posteriores me interesó justamente ampliar esa pregunta. Con la realidad aumentada y los entornos mixtos comencé a trabajar sobre la coexistencia de lo corpóreo y lo incorpóreo, de lo tangible y lo intangible. Allí el cuerpo ya no está simplemente “frente” a una imagen: se mueve dentro de un espacio híbrido en el que lo físico y lo virtual se afectan mutuamente. En esos trabajos planteaba que la percepción del espacio escénico se vuelve inestable y que el cuerpo puede experimentar una especie de desdoblamiento espacial.
Más recientemente, esta investigación se desplazó también hacia las interfaces bioeléctricas. En el trabajo con WIMUMO, por ejemplo, la pregunta ya no es solamente cómo vemos un cuerpo a distancia, sino qué ocurre cuando podemos convertir señales producidas por el propio cuerpo en información audiovisual. El micromovimiento, la actividad muscular o las señales bioeléctricas pueden entrar en un sistema tecnológico y generar otra forma de presencia.
Entonces, mi concepción de la presencia se fue complejizando. Ya no la pienso únicamente como presencia física frente a ausencia, ni como presencialidad versus virtualidad. Me interesa pensar en grados, modalidades y capas de presencia: el cuerpo que está físicamente, el cuerpo que es capturado, el cuerpo que es transmitido, el cuerpo que se convierte en datos, el cuerpo que aparece como imagen y también el cuerpo que puede ser generado o transformado algorítmicamente.
Esto último abre un problema muy actual. En mi investigación reciente sobre danza, audiovisual e inteligencia artificial me interesa justamente observar qué sucede cuando el cuerpo ya no solamente es capturado o representado por una tecnología, sino que puede ser producido, deformado y transformado mediante modelos generativos. La imagen digital del cuerpo puede adquirir movimientos y formas que no corresponden directamente a un cuerpo físico existente.
Y esto vuelve a poner en discusión la pregunta inicial: ¿qué entendemos por presencia cuando podemos estar frente a un cuerpo que nunca estuvo allí?
Un cuerpo digital produce otra intensidad y otra experiencia sensible. Puede generar afectos, extrañamiento, identificación, incomodidad, deseo, distancia o incluso una experiencia política. Lo importante es preguntarnos qué condiciones tecnológicas construyen esa experiencia y qué tipo de corporalidad están produciendo.
Por eso hoy me interesa menos hablar de la sustitución del cuerpo físico por un cuerpo digital que pensar en una expansión de las formas de presencia corporal. La tecnología no elimina el cuerpo: lo captura, lo traduce, lo duplica, lo transforma y, actualmente, también puede generarlo algorítmicamente.
Y allí aparece una pregunta que para mí es central en el presente: si durante años investigamos cómo la tecnología modificaba la percepción del cuerpo, hoy tenemos que preguntarnos también cómo las tecnologías generativas están modificando nuestra propia idea de qué es un cuerpo, qué es un movimiento y qué entendemos por presencia.
4-El futuro del cuerpo en la era de la inteligencia artificial
Hoy convivimos con inteligencias artificiales, avatares, realidad extendida y sistemas capaces de generar imágenes, movimientos y voces. Desde tu experiencia como artista e investigadora, ¿cómo imaginas el futuro del cuerpo como interfaz? ¿Qué posibilidades creativas aparecen y qué aspectos de la experiencia humana consideras que debemos preservar frente a la creciente automatización tecnológica?
Creo que el futuro del cuerpo como interfaz no consiste solamente en incorporar cada vez más tecnología al cuerpo, sino en preguntarnos qué sucede con nuestra idea de cuerpo cuando las tecnologías comienzan a producir imágenes, movimientos y comportamientos corporales que ya no provienen necesariamente de un cuerpo humano real.
Durante muchos años trabajé sobre el cuerpo como interfaz: el cuerpo que acciona sensores, cámaras, redes, dispositivos; el cuerpo que puede ser capturado, traducido y convertido en información. Con la inteligencia artificial aparece una transformación importante: ya no solamente tenemos un cuerpo que interactúa con un sistema, sino que podemos encontrarnos con cuerpos digitales generados, transformados o deformados algorítmicamente.
Esto es algo que trabajo en mi artículo Danza, audiovisual e inteligencia artificial: una hidra algorítmica bullendo en la web. Allí me interesa observar qué sucede cuando los modelos generativos producen movimientos de danza y cuando esa materia digital-corpórea comienza a deformarse, a adquirir formas que no necesariamente responden a la anatomía o al movimiento humano “reconocible”.
Y ahí aparece una posibilidad creativa enorme. Podemos imaginar cuerpos imposibles, movimientos que un cuerpo físico no podría realizar, transformaciones de la materia, desdoblamientos y nuevas relaciones entre imagen, movimiento y espacio. La IA puede convertirse en un territorio de experimentación poética.
Pero justamente por eso me interesa no quedarnos solamente con la fascinación tecnológica. La pregunta artística no debería ser solamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué nos permite pensar sobre nosotros mismos.
En ese sentido, me preocupa especialmente que la utilización generalizada de estos sistemas produzca una cultura visual cada vez más homogénea o derivativa. Si los modelos aprenden a partir de enormes cantidades de imágenes y producciones humanas, existe el riesgo de que aquello que consideramos novedoso sea, en realidad, una reorganización estadística de lo que ya existe. En mi artículo planteo justamente el riesgo de una desvalorización de distintas dimensiones de la creatividad humana y de una cultura visual cada vez más derivativa e inauténtica.
Por eso creo que una de las cosas que tenemos que preservar es la capacidad de producir preguntas. La capacidad de dudar, de equivocarse, de desviarse, de tomar decisiones que no sean necesariamente eficientes ni previsibles. El cuerpo humano tiene algo de esa imprevisibilidad: tiembla, se cansa, se equivoca, improvisa, siente, recuerda. La IA ¿no lo hace también?
Y eso es muy importante para la danza. Un movimiento no es solamente una trayectoria espacial. Está atravesado por una historia corporal, por una experiencia, por una memoria, por un deseo y por una relación con otros cuerpos. Podemos hacer que una IA genere un movimiento visualmente convincente, pero eso no significa que ese movimiento tenga necesariamente la misma experiencia corporal detrás de sí.
Entonces, no pensaría el futuro como una sustitución del cuerpo humano por un cuerpo artificial. Me interesa mucho más imaginar una convivencia conflictiva, productiva y crítica entre ambos.
La IA puede permitirnos llevar el cuerpo hacia lugares que antes eran difíciles de imaginar. Puede deformarlo, multiplicarlo, fragmentarlo, hacerlo aparecer en otros espacios o inventar corporalidades que todavía no conocemos. Pero al mismo tiempo tenemos que preguntarnos qué estamos perdiendo cuando dejamos que el algoritmo decida qué aspecto tiene un cuerpo, cómo se mueve y qué consideramos bello, posible o deseable.
Y ahí aparece también una dimensión ética. Los modelos generativos no surgen de la nada: han sido entrenados con enormes cantidades de producciones humanas y existen debates importantes alrededor de los datos utilizados para ese entrenamiento, de la autoría y de las condiciones de producción de esas imágenes.
Por eso, frente a la creciente automatización, creo que no debemos preservar solamente la “creatividad humana” entendida como una propiedad individual. Tenemos que preservar algo más amplio: la experiencia sensible, la memoria, la diversidad de los cuerpos, la capacidad crítica y la posibilidad de producir subjetividades que no estén completamente determinadas por los modelos algorítmicos.
Quizás el desafío para el arte sea justamente ese: no utilizar la inteligencia artificial solamente para hacer más rápido o más espectacular aquello que ya hacíamos, sino utilizarla para interrogarla, ponerla en crisis, hacer visibles sus mecanismos y preguntarnos qué tipo de mundo y de corporalidad estamos construyendo con ella.
Por eso, si pienso el futuro del cuerpo como interfaz, no lo imagino como un cuerpo cada vez más automatizado. Lo imagino como un cuerpo que tiene que aprender a negociar con sistemas cada vez más inteligentes sin perder su capacidad de sentir, de imaginar, de resistir y de producir preguntas.
Así mismo contaremos con el acto sonoro de la artista Zindy Rodríguez Tamayo la cual desarrolla una práctica centrada en la poesía y la escritura como espacios de exploración de la memoria, el cuerpo, el deseo y la experiencia cotidiana. Su obra recurre al fragmento, el humor y la intertextualidad para construir una voz crítica e íntima.
A través de una escritura híbrida, cruza lo personal con lo político y lo cotidiano con la cultura popular, entendiendo la poesía como una forma de resistencia, libertad y construcción de otras maneras de nombrar la experiencia.
Una hora de radio para pensar el arte contemporáneo desde el cuerpo como interfaz, el movimiento, la tecnología, la percepción y las experiencias que emergen en el encuentro entre cuerpo y máquina.




Khan of Finland

Khan of Finland desarrolla una práctica interdisciplinaria que cruza performance, sonido, fotografía, dibujo e instalación. Su trabajo explora la percepción, la memoria y la imaginación colectiva, situándose en los espacios liminales entre ritual y cotidianidad, intuición y tecnología.
A partir de la música experimental y de tradiciones culturales, Khan entiende el arte como un proceso abierto donde el azar, el cuerpo y la imagen producen otras formas de conocimiento.




