Una carta astral para imaginar otras relaciones entre las obras, la memoria y la historia del Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires.

¿Qué sucedería si, en lugar de ordenar una colección artística por épocas, estilos o movimientos, intentáramos leerla como un mapa de relaciones cósmicas? ¿Y si las obras que habitan un museo pudieran conectarse a través de asociaciones inesperadas, como si cada una fuera una estrella dentro de una constelación todavía por descubrir?
Estas preguntas nos plantea Adriana Bustos, en la investigación Código natal: los orígenes cósmicos del Museo, exposición inaugurada en julio de 2026 en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, con motivo del 130.º aniversario de la institución. En lugar de proponer una celebración convencional del patrimonio, la artista argentina construye una aproximación poética a la historia del museo: una lectura que desplaza la mirada de la clasificación hacia la asociación, del inventario hacia la imaginación.
El centro de la exposición es Carta natal del Museo Nacional de Bellas Artes, un dibujo monumental comisionado especialmente a Bustos, con curaduría de Mariana Marchesi y el apoyo de Arthaus. En esta obra, la artista desarrolla un zodíaco personal que enlaza y reinterpreta piezas de la colección institucional. Las obras dejan de aparecer como objetos pertenecientes a una cronología artística para entrar en un sistema de correspondencias donde conviven la historia, el simbolismo y la especulación. La colección se transforma así en un territorio abierto a nuevas lecturas.
L muestra nos plantea a los museos son dispositivos de memoria, mediante sus colecciones que conservan objetos y construyen relatos sobre aquello que una sociedad considera digno de ser recordado. Cada adquisición, clasificación, exposición y ausencia participa en la elaboración de una determinada idea del arte y de la historia. Aunque sus discursos suelen presentarse como ordenamientos objetivos, detrás de ellos existen decisiones culturales, políticas y estéticas que determinan cómo vemos y comprendemos las imágenes.
La intervención de Bustos introduce una desviación en ese orden. Su carta natal propone un sistema alternativo de relaciones entre las obras que nos permite observar aquello que las clasificaciones habituales pueden dejar fuera de campo. El pensamiento astrológico funciona como una herramienta de asociación, nos abre conexiones entre piezas que, bajo otros criterios, quizá permanecerían separadas.
En este sentido, la exposición plantea una pregunta ¿cómo activar una colección sin convertirla en un relato cerrado?
La propuesta de Bustos sugiere que el patrimonio es una materia capaz de producir significados cuando cambia el punto de vista desde el cual se la observa. Las obras conservan su materialidad y su historia, pero también adquieren sentidos inesperados al entrar en contacto con otras imágenes, temporalidades y sistemas de pensamiento.
Esta operación recuerda que mirar nunca es un acto completamente neutral. Toda lectura implica seleccionar, relacionar y excluir. Cambiar el método de lectura significa, por tanto, modificar las posibilidades de aquello que puede aparecer ante nuestros ojos.
En Carta natal del Museo Nacional de Bellas Artes, el dibujo se convierte en una estructura de pensamiento. Establece una red de vínculos entre las obras y propone una manera distinta de recorrerlas. El museo aparece como una totalidad simbólica, un organismo en el que cada pieza participa de una configuración más amplia.

Durante la inauguración, el director del museo, Andrés Duprat, destacó el carácter excepcional del encargo y describió la obra como una pieza que, en una premisa de resonancia borgeana, contiene todas las obras. La idea resulta especialmente sugerente, donde una imagen funciona como una puerta de entrada a otras imágenes, del mismo modo que un archivo contiene posibilidades que todavía no han sido exploradas.
Esta lógica de conexiones encuentra un complemento en Planisferio celeste del Museo, dibujo donado por la artista a la colección del Bellas Artes, y en el video Plutón en la Casa de Bombas, que recupera la memoria de los piletones subterráneos del edificio. Juntas, estas piezas amplían la investigación hacia las relaciones entre espacio, memoria y representación. El museo no se reduce a sus salas ni a sus obras expuestas; también está constituido por sus infraestructuras, sus espacios ocultos y las historias que permanecen fuera de la mirada cotidiana.
La atención a lo invisible introduce otra dimensión en la exposición. La institución aparece simultáneamente como un espacio físico, un archivo histórico y una construcción imaginaria. Su identidad no se encuentra únicamente en las obras que conserva, sino también en las narraciones que es capaz de producir a partir de ellas.
La operación de Bustos puede pensarse en diálogo con las prácticas artísticas que intervienen archivos, reorganizan documentos y cuestionan los sistemas convencionales de clasificación. En estas prácticas, el archivo se convierte en un campo de experimentación desde el cual formular otras preguntas sobre el presente.
La artista no necesita alterar físicamente las obras de la colección para transformar sus relaciones. Su intervención ocurre en el plano de la lectura, donde selecciona, conecta y reinterpreta. Es una operación que desplaza el significado sin borrar las huellas de aquello que ya existe.
El problema ya no consiste solamente en conservar imágenes, sino en decidir cómo relacionarlas, desde qué perspectivas observarlas y qué historias pueden surgir de esos encuentros. La propuesta de Bustos no debe confundirse con un procedimiento algorítmico. Su importancia radica en mostrar que toda organización del conocimiento puede imaginarse desde otros sistemas simbólicos, incluso desde aquellos que no responden a la lógica científica y clasificatoria. La intuición, la ficción y la especulación funcionan como instrumentos críticos para interrogar los relatos institucionales.

El título Código natal: los orígenes cósmicos del Museo sugiere un desplazamiento de escala. La historia de una institución dedicada a conservar el arte se pone en relación con un orden que excede las cronologías humanas. Los astros ofrecen una metáfora para pensar las conexiones, las distancias y las fuerzas de atracción entre objetos que, a primera vista, parecen no tener relación.
En ese movimiento, la colección deja de ser únicamente una representación del pasado para convertirse en una estructura susceptible de transformación. Cada nueva asociación modifica el recorrido posible y abre una interpretación que no cancela las anteriores. La obra no establece una verdad única sobre el museo, ya que hace visible que pueden coexistir distintas formas de leerlo.
La exposición también invita a reconsiderar el papel del espectador. Frente a una colección organizada mediante categorías relativamente estables, el visitante es convocado a establecer sus propias relaciones y a reconocer que el significado de una obra no se agota en su contexto original. Mirar implica participar en la producción de sentido.
Con motivo de sus 130 años, el Museo Nacional de Bellas Artes encuentra en la propuesta de Adriana Bustos una forma de revisar su propia memoria sin limitarse a celebrar su permanencia. El aniversario se convierte en una oportunidad para preguntarse qué otras historias puede contar la institución y qué perspectivas todavía permanecen fuera de sus narraciones habituales.
Tal vez esa sea la potencia de imaginar el museo como una constelación, logrando comprender que sus obras no son cuerpos aislados, sino puntos de una red en permanente reorganización. Como las estrellas, pueden parecer inmóviles desde la distancia, aunque las relaciones que establecemos entre ellas cambien nuestra manera de reconocer el cielo. En esa posibilidad de alterar las conexiones, el patrimonio recupera su capacidad de producir futuro.
