
La artista cubana transformó la colografía en un lenguaje visual de gran potencia simbólica para interrogar las estructuras patriarcales, recuperar las memorias de la diáspora africana y abrir posibilidades de representación dentro de la cultura contemporánea.
¿Cómo representar aquello que una tradición mantiene en secreto? ¿Qué sucede cuando una artista se apropia de un mito reservado históricamente a los hombres y lo transforma en un territorio de resistencia? En la obra de Belkis Ayón (La Habana, 1967-1999), estas preguntas adquieren una dimensión política, espiritual y estética. Sus grabados la reescriben desde una perspectiva crítica, convirtiendo la imagen en un espacio de disputa por la memoria, el género y el poder.
La exposición Belkis Ayón. Mito y desobediencia, presentada en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), reúne siete obras de la Colección Malba–Costantini realizadas entre 1991 y 1998. Con curaduría de María Amalia García, Alejandra Aguado y Nancy Rojas, la muestra permite acercarse a una de las investigaciones más singulares del grabado latinoamericano contemporáneo.
La propuesta invita a recorrer una producción en la que el mito, la experimentación material y la crítica de las estructuras patriarcales se articulan para construir un universo visual inconfundible. Mediante una paleta de negros, blancos y grises, figuras monumentales y superficies de extraordinaria riqueza táctil, Ayón desarrolla una poética donde lo sagrado y lo político dejan de ser territorios separados.
El núcleo conceptual de la obra de Ayón se encuentra en la mitología de la Sociedad Secreta Abakuá, una hermandad afrocubana de carácter iniciático, originada en la región del Calabar, en el actual territorio de Nigeria, y establecida en Cuba durante el siglo XIX a través de la diáspora africana vinculada con la trata esclavista. Ayón comenzó a investigar este universo mitológico durante su formación artística, después de leer El monte, de la antropóloga cubana Lydia Cabrera, obra para comprender las religiones y las tradiciones espirituales de origen africano en Cuba. Aquella investigación se convirtió en el punto de partida de una búsqueda que acompañaría el resto de su trayectoria.

En el centro de sus imágenes aparece Sikán, figura femenina en el mito fundacional Abakuá. Según la narración, Sikán descubre el secreto relacionado con la voz sagrada de Tanze, asociada con un pez y con la transmisión de un poder espiritual. La revelación desencadena una serie de acontecimientos que conducen a su sacrificio y a la exclusión de las mujeres de la sociedad ritual.
La artista encuentra en esta historia una posibilidad de cuestionamiento. ¿Por qué una mujer que ocupa un lugar decisivo en el origen del mito debe quedar excluida de la comunidad que se construye a partir de él? ¿Cómo puede una figura femenina, convertida en símbolo de transgresión y castigo, recuperar su capacidad de producir significado?
Ayón no responde a estas preguntas mediante una ilustración literal de la leyenda. Su estrategia consiste en desplazar el lugar de la mirada. Sikán reaparece una y otra vez, adquiriendo una presencia monumental y enigmática. Sus rostros, gestos y cuerpos establecen una relación directa con el espectador, como si las figuras emergieran de una memoria que durante mucho tiempo no encontró representación visual. La artista convierte así a Sikán en una figura de resistencia porque transforma su representación y modifica las condiciones desde las cuales puede ser interpretado.
La artista transformó las posibilidades expresivas del grabado mediante el desarrollo de la colografía, una técnica que permite construir matrices de impresión a partir de materiales diversos adheridos a una superficie. A diferencia de otros procedimientos gráficos que parten de la incisión directa sobre una plancha, la colografía posibilita trabajar con relieves, texturas y capas de materiales que producen efectos visuales complejos durante la impresión. Ayón exploró estas posibilidades con una extraordinaria precisión, generando imágenes en las que los contrastes tonales y las superficies adquieren una presencia casi corporal.

Sus negros, blancos y grises constituyen un sistema expresivo capaz de producir profundidad, tensión y ambigüedad. Las figuras parecen surgir de la oscuridad o quedar suspendidas en un espacio sin referencias geográficas precisas. La ausencia de color intensifica la atención sobre los cuerpos, los gestos y las relaciones entre las formas.
La materia impresa se convierte en una forma de conocimiento. Cada superficie conserva las huellas de una operación manual, de la preparación de la matriz y de la transferencia de la imagen al papel. El proceso técnico participa activamente en la construcción del significado.
En obras como La cena (1993), el espacio visual adquiere una dimensión ritual y teatral. Las figuras se organizan en una composición que evoca tanto la solemnidad de una ceremonia como la tensión de una escena en la que algo permanece oculto. La imagen no ofrece una explicación definitiva, ya que dispone los elementos para que el espectador experimente la incertidumbre, la presencia y el misterio. La colografía se transforma así en algo más que una técnica de reproducción. Es el medio mediante el cual Ayón construye una iconografía propia y amplía los límites de la gráfica contemporánea.
Uno de los aspectos de la investigación de Ayón es su relación con la representación de una tradición transmitida fundamentalmente por vía oral y vinculada con prácticas rituales reservadas. Al abordar visualmente el universo Abakuá, la artista crea imágenes para aquello que no había contado con una representación pública equivalente. Este gesto es una forma de construcción de archivo. No se trata de un archivo convencional, compuesto por documentos históricos reunidos para preservar información, sino de una operación artística que produce imágenes a partir de relatos, símbolos y conocimientos culturales.
Ayón transforma al mito en un espacio de interpretación donde las imágenes ponen en tensión la tradición y la crítica contemporánea. En este sentido, su trabajo plantea una cuestión para las prácticas artísticas vinculadas con la memoria ¿cómo representar una historia sin reducirla a una ilustración de sus acontecimientos? La respuesta de Ayón consiste en construir un lenguaje visual capaz de conservar la complejidad del relato y, al mismo tiempo, abrirlo a nuevas lecturas.
Sus figuras encarnan el mito, lo fragmentan y lo reorganizan. La imagen se convierte en un lugar donde conviven el conocimiento ancestral, la imaginación artística y la crítica de las relaciones de poder.
La producción más reconocida de Ayón se desarrolló durante la década de 1990, un periodo de profunda transformación económica y política para Cuba. Tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y el colapso del bloque socialista europeo, la isla atravesó una grave crisis económica conocida como el Periodo Especial. En ese contexto de escasez material, incertidumbre y reconfiguración de las relaciones internacionales, Ayón construyó un universo visual que no se limitaba a reflejar las circunstancias inmediatas. Su aproximación al mito le permitió desarrollar una crítica que operaba en distintos niveles, dentro de la cultural, lo espiritual, lo social y lo político.
La referencia a una tradición afrocubana ofrecía una vía para explorar cuestiones de pertenencia, exclusión y autoridad sin reducirlas a un discurso explícitamente documental. Las imágenes adquirían una dimensión alegórica, pero esa dimensión no las alejaba de la realidad. Por el contrario, les permitía interrogar las estructuras que organizan una comunidad y determinan quién puede participar en ella.
La resistencia de Ayón se construye a través de la insistencia en una figura femenina, de la recuperación de una memoria cultural y de la creación de un lenguaje que desafía las convenciones de la representación. Su obra demuestra que la experimentación formal tiene consecuencias políticas. Alterar una imagen, modificar la posición de un personaje o transformar el significado de un relato son también maneras de intervenir en los sistemas simbólicos que organizan la experiencia colectiva.

La artista trabaja desde el interior de la tradición, pero no se somete pasivamente a ella. Recupera sus imágenes y sus relatos para modificar el lugar que ocupan las mujeres dentro de su representación. La operación resulta especialmente potente porque no depende de una oposición simple entre pasado y presente, o entre tradición y modernidad. Ayón encuentra en el propio mito las posibilidades de su transformación. Sikán no es una figura externa al relato, ya que pertenece a su origen. Su centralidad permite cuestionar el orden que posteriormente la excluye.
Esta estrategia abre una reflexión más amplia sobre la historia cultural. Las tradiciones no son estructuras inmutables; se transmiten, se interpretan y se transforman. Cada representación introduce decisiones sobre qué recordar, qué enfatizar y desde qué perspectiva narrar los acontecimientos. En las obras de Ayón, la desobediencia no consiste en destruir la memoria, sino en disputar sus interpretaciones. La artista demuestra que es posible intervenir en una tradición sin negar su complejidad y que la creación artística puede convertirse en un espacio donde los relatos heredados vuelvan a ser interrogados.
Belkis Ayón murió en 1999, a los treinta y dos años, dejando una trayectoria breve pero de extraordinaria intensidad. Su trabajo alcanzó reconocimiento internacional y fue presentado en importantes espacios artísticos, incluida la Bienal de Venecia de 1993. Su investigación también contribuyó a ampliar la comprensión del grabado como una práctica capaz de incorporar nuevas técnicas, soportes y formas de circulación.
La exposición del Malba permite aproximarse a esta herencia desde una selección acotada de obras que, sin embargo, condensa algunos de los problemas de su producción, el de la memoria de la diáspora africana, las relaciones entre mito y poder, la exclusión de las mujeres y las posibilidades expresivas de la gráfica. Su vigencia reside en la capacidad de sus imágenes para plantear preguntas. ¿Quién tiene derecho a representar una tradición? ¿Qué voces quedan fuera de los relatos dominantes? ¿Puede una imagen alterar el significado de una historia transmitida durante generaciones?
Sus figuras parecen observarnos desde un espacio que es simultáneamente ancestral y contemporáneo, familiar y desconocido. La intensidad de sus superficies invita a detener la mirada, mientras la ambigüedad de sus narraciones impide que la contemplación se convierta en una experiencia pasiva.
En su obra, el grabado deja de ser únicamente un procedimiento técnico para convertirse en un territorio de pensamiento. La memoria se hace materia; el mito se transforma en imagen; y la imagen, al desafiar las jerarquías que parecían sostenerla, adquiere una potencia política. Belkis Ayón convierte el mito en una pregunta y el grabado en una forma de resistencia. Sus imágenes no clausuran la memoria, la mantienen abierta, inquietante y disponible.
