
Zona Fantasma es un programa de radio experimental impulsado por el colectivo Zona de Riesgo que explora la relación entre cuerpo, archivo, error, memoria y tecnologías contemporáneas desde una perspectiva sonora, poética y política.
El programa funciona como una plataforma de transmisión expandida donde convergen arte sonoro, poesía experimental, spoken word, paisaje sonoro, ruido, entrevistas, lectura de manifiestos, improvisación, registros de campo, ficciones especulativas y procesos colectivos de escucha.
Zona Fantasma propone una experiencia de deriva auditiva donde cada emisión se convierte en un territorio de resonancia crítica y sensibilidad compartida.
Zona Fantasma es conducido y producido por Mónica Martz M y Bruno Bresani
En este quinto capítulo exploraremos Poesía para máquinas como una práctica artística que desplaza el lenguaje de su función comunicativa y lo convierte en materia de experimentación entre humanos y sistemas computacionales.
Palabras, códigos, instrucciones, errores y fragmentos se encuentran para producir otras formas de escritura e imagen, donde la máquina deja de ser únicamente una herramienta y se convierte en interlocutora, traductora y coautora.
Un territorio donde lenguaje, tecnología, poesía, error y experimentación se cruzan para imaginar nuevas formas de creación y comunicación más allá de la comprensión humana.

En esta emisión conversaremos con el artista, programador, escritor e investigador mexicano Eugenio Tisselli, cuya práctica se sitúa en los cruces entre lenguaje, poesía, código, tecnología y experimentación.
Tisselli explora las formas en que la informatización del lenguaje transforma nuestra relación con el mundo. Su trabajo desplaza la idea de la programación como una herramienta exclusivamente técnica para entenderla como una forma de escritura, mientras que la poesía puede convertirse en un proceso algorítmico, abierto a la intervención de máquinas, datos, errores y sistemas computacionales.
A través de proyectos como MIDIPoet y Poesía Asistida por Computadora, así como de diversas piezas de escritura electrónica, Tisselli investiga qué ocurre cuando el lenguaje deja de estar dirigido únicamente a la comprensión humana y comienza a interactuar con procesos computacionales.
Su práctica también incorpora metodologías participativas y colaborativas, desarrolladas tanto en contextos urbanos como rurales, donde el código, la escritura y las tecnologías digitales funcionan como herramientas para producir otras formas de relación, conocimiento y creación colectiva.
En este sentido, su trabajo nos sirve para pensar Poesía para máquinas como un territorio donde las palabras se convierten en instrucciones, los algoritmos en formas poéticas y los errores en posibilidades de creación.
Entrevista
- ¿Puede una máquina escribir poesía?
Gran parte de tu trabajo se mueve entre la escritura, el código y los sistemas computacionales. Cuando hablamos de poesía en la era de las máquinas, ¿estamos hablando de poemas escritos por algoritmos, de poemas dirigidos a las máquinas o de una nueva forma de entender el lenguaje donde humanos y tecnologías escriben juntos? ¿Cómo definirías hoy esa relación?
Sí, una máquina puede escribir poesía. Pero tengo que matizar ese “sí”. En 1952, Christopher Strachey programó la computadora Mark 1 de la Universidad de Manchester para que escribiera cartas de amor. El algoritmo utilizaba una función aleatoria para combinar fragmentos de frases románticas, bastante cursis, por cierto. Nick Montfort, un practicante muy activo de la poesía digital, adaptó el algoritmo a los lenguajes y sistemas operativos modernos, así que ahora podemos ver el tipo de cartas que la Mark 1 escribía. Si a alguien le interesa, la adaptación se encuentra en el sitio web de Nick: https://nickm.com/memslam/after_strachey/love_letters.html.
Como podemos ver, ya en el amanecer de la computación electrónica existían experimentos de escritura, sin importar que la consideremos poética o no. Así que una primera respuesta a tu pregunta es que las máquinas computacionales han escrito poesía (o textos que se le parecen) desde hace más de 70 años. Ahora bien, vayamos a los matices. Un poco antes del algoritmo de Strachey, el matemático inglés Alan Turing afirmaba, en un artículo de 1950, que no tenía sentido preguntarnos si las máquinas podían tener inteligencia. Más bien, había que examinar la posibilidad, aún inexplorada en aquel entonces, de que una computadora fuera programada para generar cadenas lingüísticas coherentes, de tal manera que su lectura pudiera hacernos creer que la máquina era inteligente. Como seres humanos, estamos profundamente habituados a asociar la capacidad de producir lenguaje coherente con la inteligencia. Es una trampa en la que caemos sin cesar. ¿Por qué digo que es una trampa? Porque, aunque una computadora o algún otro artefacto sea capaz de producir combinaciones simbólicas que parezcan tener sentido, en realidad no lo tienen. Las máquinas manipulan y combinan símbolos, pero no saben nada de sus significados, y esto es crucial a la hora de pensar en la escritura. La escritura es pensamiento plasmado sobre un soporte, y, a su vez, ese pensamiento viene de una experiencia conceptual, corporal y social del mundo. Esa experiencia es la que está en juego en la escritura, y más intensamente en la poesía. Es la experiencia la que nos lleva a querer escribir un poema. Por eso, yo suelo decir que la pregunta crucial no es si las máquinas pueden o no escribir un poema; más bien, la pregunta es si pueden querer hacerlo. Es decir, si pueden tener voluntad, pulsiones, deseos. Diría que no tienen nada de eso, porque no tienen cuerpo. Porque no sienten ni mueren. Así que, si partimos de el entendimiento de la poesía como algo derivado de, e implicado con, la voluntad, la pulsión y el deseo, la respuesta a tu pregunta es “no”: las máquinas no pueden escribir un poema, porque el poema no es su pura forma, a pesar de que ciertas vanguardias artísticas hayan experimentado con esa posibilidad.
Un tema distinto, y con el que he experimentado a lo largo de varios años, es el de la creación poética conjunta entre humanos y computadoras. En 2006 programé un algoritmo al que llamé “Poesía Asistida por Computadora”, PAC, que milagrosamente aún funciona: https://motorhueso.net/pac/. No quiero alargar mucho más mi respuesta, pero, para resumir, diré que se trata de un algoritmo al cual le das una frase y te devuelve una semánticamente similar. Esta similitud semántica se logra gracias a la sustitución automática de las palabras de la frase original por sus respectivos sinónimos. El algoritmo hace algunas otras cosas, además de esta operación de sustitución, pero el caso es que lo he utilizado para escribir poemas, algunos de los cuales fueron publicados en el libro “El drama del lavaplatos”. Si lo buscas en internet lo encontrarás en PDF. Para escribir los poemas del libro, fui escribiendo frases, distorsionándolas usando PAC, corrigiéndolas y retocándolas. Pero, para mí, el valor que puede tener un experimento como este no solamente está en la creación colectiva entre máquinas y humanos, sino también en el hecho de haber programado el algoritmo, es decir, el haber inventado una herramienta para la escritura híbrida. Eso, que yo valoro, se pierde totalmente cuando se utilizan herramientas comerciales ya listas para usarse, como ChatGPT, Claude y tantos otros. Se pierde una parte importante del proceso, puesto que no sabemos bien a bien qué es lo que sucede dentro de esas cajas negras. Y lo poco que sí sabemos de ellas es bastante lamentable. Cuando le pedimos a Claude que escriba un poema, y lo genera aparentemente de la nada, en realidad no sabemos qué textos de qué escritores robó Anthropic (la empresa creadora de Claude) para poder generarlo.
Para finalizar, definiría hoy en día la relación entre humanos y máquinas como algo degradado y degradante. Es verdad que, a lo largo de la historia, los escritores se han servido de todo tipo de herramientas tecnológicas para escribir. Pero, con el auge de la IA generativa, son los escritores los que están al servicio de las herramientas, y eso genera un sometimiento de lo humano a lo maquinal, que es además, hoy en día, la representación tecnológica de los poderes hegemónicos. Imagínate un futuro en el que los escritores seamos meros proveedores de textos para entrenar los modelos de IA de las grandes empresas. Un futuro en el que esos textos, a su vez, serán objeto de todo tipo de sospechas, puesto que nadie podrá determinar a ciencia cierta si detrás de ellos hay, o no, intencionalidad humana. Un futuro, en fin, en el que a los lectores no nos quede más opción que tragar el infinito torrente de regurgitaciones estocásticas generadas por la IA. ¿Cómo suena todo eso?
La relación entre humanos y máquinas computacionales está dañada, ya no se puede escribir con ellas inocentemente.
- El código como materia poética
En tu obra el código deja de ser una herramienta invisible para convertirse en parte de la experiencia estética. ¿Qué posibilidades expresivas encuentras en los lenguajes de programación? ¿Crees que escribir código puede ser un acto poético del mismo modo que escribir un verso, o ambos responden a lógicas completamente distintas?
Sí, el código ha ocupado un papel central en mi trabajo. Ya lo venía apuntando desde mi respuesta anterior. Para mí, PAC no es solamente una herramienta sino que es, en sí, un trabajo artístico-poético hecho con código que además puede usarse como herramienta para generar poemas. Las frases que devuelve PAC, por la naturaleza de su algoritmo, acaban teniendo rasgos distintivos que podrían llegar a configurar una estética. Con ello quiero decir que la ejecución del código puede acabar por generar rasgos y experiencias estéticas, aunque la forma de dichas experiencias no pueda encontrarse explícitamente programada en él. Desde los experimentos con autómatas celulares y vida artificial de Conway, sabemos que incluso un conjunto de reglas simples pueden generar comportamientos complejos y patrones, difícilmente predecibles a partir de las puras reglas. Por cierto, dichos experimentos se pueden ver aquí: https://playgameoflife.com/.
La poética de las reglas constituye su estética. No necesariamente las propias reglas, o programas, sino su ejecución. Así que mi respuesta a la segunda parte de tu pregunta es que sí, efectivamente, creo que escribir código puede ser un acto poético. Para precisar un poco más, diría que puede ser un acto meta-poético. Me explico. En su libro “Gödel Escher y Bach: un eterno y grácil bucle”, Douglas Hofstadter plantea la figura del meta-autor, y esta figura es útil para comprender al código como escritura poética. Si, al ejecutar el código, la computadora se vuelve la “autora” que genera un resultado, el programador humano se convierte en el meta-autor del mismo.
Ahora bien, en cuanto a la lógica, creo que la escritura de código y la escritura tradicional de un poema parten de fundamentos muy distintos. Como explicaba anteriormente, la escritura de código puede ser un acto meta-poético, siempre y cuando se tenga conciencia de la naturaleza de dicho acto. Pero allí, la lógica de la escritura es formal y matemática, ya que trabaja con símbolos y estructuras predefinidas que dejan poca libertad al escritor. No puedo escribir código de manera ambigua, por decirlo con palabras simples. En cambio, la poesía, como diría María Zambrano, parte del “no saber” del poeta. El poeta no sabe lo que está escribiendo, y en ello está su gloria, afirmaba la filósofa española. Y yo estoy de acuerdo. La lógica de la poesía es la lógica del exceso: del estar tan lleno de mundo que el deseo de escribir explota en palabras, muchas de las cuales, al combinarse en versos, tienen sentidos ambiguos o polisémicos. O carecen totalmente de sentido, porque también eso se vale en poesía.
- Escribir en la era de la inteligencia artificial
Hoy convivimos con modelos de inteligencia artificial capaces de generar poemas, novelas e imágenes en cuestión de segundos. Desde tu experiencia trabajando desde hace años con escritura digital y procesos algorítmicos, ¿qué cambia realmente con estas tecnologías? ¿Estamos frente a una transformación del acto creativo o simplemente ante una herramienta para pensar el lenguaje?
La mal llamada “inteligencia artificial”, y digo “mal llamada” por lo que expuse en mi primera respuesta, plantea un desafío mortal a la escritura humana. Si, como dices, los modelos son capaces de generar poemas y novelas que parecen humanos, entonces se introduce una duda fundamental en la totalidad de la cultura. Todo se vuelve sospechoso, porque el interpretar las intenciones detrás de cada texto, e incluso saber si es que las hay, se convierte en una tarea casi imposible de realizar. Y al final nos importa eso, ¿no? Siempre hemos querido ir más allá de la forma de lo escrito, más al fondo, para encontrar el sedimento humano que hay en sus raíces.
Las nuevas tecnologías generadoras de texto producen lo que yo llamo “tecnemas”: cadenas simbólicas aparentemente coherentes pero generadas de forma independiente a la voluntad humana, y carentes de un valor de verdad que pueda ser contrastado con su carga semántica. Intentaré explicar brevemente de dónde viene la noción de tecnema. Según Alain Badiou, y la lectura que de este filósofo hace el poeta Mario Montalbetti, en los dos extremos del lenguaje humano están el matema y el poema. El matema es una cadena lingüística cuya forma y significado están estrechamente ligados, es decir, la forma del matema significa algo, y no otra cosa. Una ecuación matemática sería el ejemplo perfecto del matema. En el otro extremo del lenguaje está el poema, una enunciación que, como argumenté en la respuesta anterior, puede ser ambiguo o polisémico. Una metáfora, o incluso un verso aparentemente sin sentido, pueden ser ejemplos del juego semántico del poema. Así, matema y poema se hallan en los polos opuestos del lenguaje, separados entre sí por sus respectivos grados de acoplamiento con el significado (matema = acoplamiento estricto y único; poema = grado de acoplamiento débil que permite la profusión y diversidad de sentido) Ahora bien, el tecnema, a diferencia del matema y del poema, no está comprometido con la esfera semántica, puesto que carece de relación con ella. Lo que me responde ChatGPT es un tecnema, ya que no es ni preciso como el matema, ni ambiguo como el poema. Es, simple y sencillamente, un texto que proviene del cálculo estocástico, no de una experiencia del mundo. No es ni verdadero ni falso, ni preciso ni ambiguo. Por ello, se acerca a lo que el filósofo Harry Frankfurt caracteriza como “bullshit”. Montón de mierdaescritura generada sin fondo semántico alguno, sin compromiso con el mundo. Lo que cambia con la tecnología de la IA generativa es que la esfera textual, central para lo que llamamos “cultura”, se inunda de bullshit y, por contagio, puede convertir en bullshit todo el legado histórico de escritura humana. Se han vuelto populares los casos en los que fragmentos de textos clásicos, como “El Quijote” o “Cien años de soledad” son identificados por algún software de detección como productos de la IA generativa. Evidentemente, sabemos que no es así, pero hay una borradura. Y si la borradura cultural se consuma, ¿esto será evidente de aquí a unos años? Si lo que tememos, es decir, que la IA absorba y a la vez difumine en incertidumbre toda nuestra herencia cultural, se vuelve realidad, ¿podremos volver atrás para saber que un texto realmente fue escrito por un humano en una época determinada, en un contexto específico? ¿O perderá valor y centralidad el texto como formato cultural? No creo que lleguemos hasta allí, pero el peligro está latente. En ese sentido, diría que la IA generativa sí nos obliga a replantear nuestra relación con el lenguaje, con el texto, con la poesía. ¿Cómo resistir la automatización y la uniformización cultural desde el lenguaje mismo? Quizás una vuelta a la oralidad y la presencia, pero ahora mismo no lo sé.
- La poesía como resistencia tecnológica
En varios de tus proyectos también aparece una mirada crítica hacia la infraestructura tecnológica, el extractivismo de datos y las consecuencias sociales del mundo digital. En ese contexto, ¿puede la poesía convertirse en una forma de resistencia frente a la automatización y la lógica de la eficiencia? ¿Qué lugar ocupa hoy la imaginación poética en un ecosistema dominado por algoritmos?
Mira, aquí sí me voy a soltar y, si se me permite la expresión, diré la esfera digital es hoy un pinche desastre. Una maldita mierda. La expansión de las infraestructuras computacionales, ávidas de energía, minerales y agua en plena crisis climática, se está convirtiendo en un crimen contra la humanidad. Es una apuesta acelerada en contra de nuestra supervivencia en este planeta. Pero ese proceso no empezó ayer.
A finales de 2011, se me ocurrió publicar un texto en Facebook en el que alertaba sobre el extractivismo minero que da vida a los circuitos de nuestros teléfonos y computadoras, y allí expresaba mi voluntad por detener mi trabajo artístico con medios digitales, puesto que consideraba que el expolio y el daño que nos permitían disponer de todo tipo de herramientas creativas era demasiado grave como para ser ignorado. Y demasiado invisibilizado también, ya que a menudo ocurría, y aún ocurre, en partes del planeta como el Congo o la Amazonía, lejanas para quienes vivimos en las ciudades. ¿Qué zonas de sacrificio se están creando para que yo pueda despreocupadamente programar mis poemas electrónicos? En ese entonces, y ahora también, esta me parece una pregunta ardiente. Cuando escribí el post de Facebook recibí muchas críticas. Unas de ellas decían, cínicamente, que “siempre ha sido así”. Y, en efecto, lo dice Walter Benjamin: todo documento de cultura es a la vez un documento de barbarie. Destruimos para crear. Pero, ¿de verdad queremos que la cultura siga floreciendo a punta de barbarie, de actos de depredación y destrucción cada vez a mayor escala? Otras críticas argumentaban que yo debería usar mi trabajo creativo para denunciar las injusticias del gran conglomerado tecnológico. Y es verdad que el arte puede usarse como medio de denuncia, aunque eso no me atrae demasiado, además de que la ironía (y quizás la inutilidad) de hacer críticas o denuncias desde el corazón mismo del problema me parece algo difícil de sostener a largo plazo. He intentado darle vueltas a esta cuestión, he investigado, he denunciado, e incluso he participado en proyectos que intentaron imaginar otros usos y otros destinos posibles de nuestra realidad tecnológica. Pero la esfera digital ya se halla totalmente cooptada por la hegemonía tecnofascista, y esos actos de imaginación hoy me parecen débiles. Mi resistencia, ahora, consiste en imaginar futuros que no necesariamente pasen por lo digital. Hay que des-digitalizar la vida. A diferencia de la concepción juedeocristiana del tiempo, es decir, una flecha que siempre apunta al futuro, pienso que vivir el tiempo histórico como una espiral nos puede liberar, y ayudarnos a desacoplar nuestros imaginarios de futuro del desarrollo tecnológico. Me inspira la espiralidad del tiempo.
Le abrimos de par en par la puerta a las tecnologías digitales. Las pantallas, los sistemas y los datos penetraron en las capas más íntimas de lo humano, y hoy estamos viendo y viviendo las consecuencias. Lo que parecía traer eficiencia y confort ha traído también expolio, sufrimiento, soledad, idiotización. La eficiencia, como bien lo señalas, ha sido uno de los criterios que nos han llevado a devastar selvas y montañas, contaminar ríos y aire, y acabar con modos de vida de comunidades humanas y no-humanas. Así que una resistencia cultural en contra de la hipereficiencia digital podría ser una primera respuesta. ¿Pero qué significa eso? Debemos encontrar la respuesta juntos. Pienso, por ejemplo, en la reciente explosión de los fanzines en México. Al parecer, muchas personas jóvenes están entusiasmadas por el papel, por las ilustraciones hechas a mano, por los pequeños libros hechos con fotocopias y armados en casa. Evidentemente el papel y las fotocopias, en su calidad de artefactos tecnológicos, también tienen impactos negativos en los ecosistemas y el planeta (recordemos la sentencia de Benjamin), pero son menores que los de las infraestructuras tecnológicas computacionales, que crecen cada día de forma desmesurada e irracional. Sin embargo, lo importante aquí es que el retorno del fanzine, consciente o inconscientemente, representa un movimiento contrahegemónico, un hartazgo ante tanta eficiencia tecnológica impuesta que automatiza y estandariza incluso el acto creativo. Con esto quiero decir que me entusiasma a mí también el boom fanzinero, y que lo apoyo sin reservas. Hacer un fanzine, con plena conciencia de su potencia contrahegemónica, es para mí una labor poética de resistencia. Hago otros planteamientos que van en este sentido en mi “Manifiesto del arte anti-moderno”, que se publicó en 2025. Acá se puede leer: https://revistas.uan.edu.co/index.php/nodo/en/article/view/2181. Por ahora, creo que es necesario especular y experimentar con formas no digitales de dibujar un futuro para nosotros y nuestra escritura. Porque aún no hay respuestas a la mano, tendremos que ir a buscarlas.
En un panorama de algoritmos, donde incluso el yo es objeto de hipervisibilidad, y la vida una carrera de productividad en la que solo ganan los eficientes, la lentitud, la imperfección e incluso la opacidad y la improductividad me parecen herramientas legítimas para salvaguardar el resto humano que aún nos queda.

Monserrat Coltello
En esta quinta entrega de Zona Fantasma también conversamos con la poeta y artista sonora Monserrat Coltello, cuya práctica parte de la poesía expandida y la experimentación con distintos soportes para explorar las relaciones entre lenguaje, cuerpo, sonido y materia.
Durante el programa escucharemos dos de sus piezas, acercándonos a una obra donde la palabra abandona la página para transformarse en voz, sonido, imagen, objeto y experiencia sensible.
La práctica de Coltello entiende el cuerpo como una máquina blanda, como un organismo sensible, mutable y vulnerable, atravesado por afectos, memoria, lenguaje y experiencia. Desde esta perspectiva, la escritura es una materia que puede fragmentarse, desplazarse y adquirir otras formas.
En su trabajo, la poesía se expande hacia otros territorios y genera zonas de tensión entre lo íntimo y lo material, entre el lenguaje y aquello que permanece fuera de sus posibilidades de nombrar. La palabra se convierte así en cuerpo, gesto, sonido y acontecimiento.
En este quinto capítulo, Poesía para máquinas, nos preguntamos qué sucede cuando la poesía deja de estar contenida en la página y comienza a relacionarse con otros cuerpos, dispositivos y formas de escucha. A través de la obra de Monserrat Coltello exploraremos el lenguaje como materia sensible y la posibilidad de una poesía que también puede ser escuchada, procesada, transformada y habitada.

DJ Set: Khan of Finland
El DJ set de la quinta emisión de Zona Fantasma estará a cargo del artista Khan of Finland, quien desarrolla una práctica interdisciplinaria que cruza performance, sonido, fotografía, dibujo e instalación. Su trabajo explora la percepción, la memoria y la imaginación colectiva, desplazándose por espacios liminales entre el ritual y la cotidianidad, la intuición y la tecnología.
A partir de la música experimental y de distintas tradiciones culturales, Khan entiende el arte como un proceso abierto donde el azar, el cuerpo y la imagen producen otras formas de conocimiento. Para esta quinta emisión, su DJ set acompañará el universo de Poesía para máquinas, creando un paisaje sonoro donde música, lenguaje, cuerpo y tecnología se encuentran.
