
La jornada “Entre código y algoritmos: programar en la era de la inteligencia artificial”, coorganizada por la Universidad Nacional de La Plata, Zona de Riesgo y la Cátedra Libre de Educación y Mediación Digital en Danza Performance, propuso un desplazamiento necesario, el de pensar la inteligencia artificial como un fenómeno cultural, histórico y material que reconfigura las prácticas artísticas, los lenguajes y las formas de percepción contemporánea.
Si la intervención de Fabricio Costa Alisedo trazó una genealogía de la programación como práctica performativa y generativa, la participación de Jaime Lobato Cardozo complejizó aún más el panorama al descentrar la noción misma de inteligencia, cuestionar la excepcionalidad de lo humano y expandir la idea de programación hacia territorios donde lo biológico, lo material y lo sensible se entrelazan.
Uno de los gestos de Lobato fue desmontar el concepto de “inteligencia artificial” como una entidad unificada. Más que una realidad técnica precisa, la IA aparece como un término-paraguas, una etiqueta de marketing que agrupa múltiples técnicas —machine learning, algoritmos generativos, sistemas estadísticos— bajo una narrativa de innovación constante.

Esta crítica busca situarla históricamente. Desde esta perspectiva, la IA es una continuidad de procesos que la humanidad ha desarrollado desde hace milenios, para procesar información, registrar datos, intervenir la materia. Lobato utiliza el ejemplo del hueso paleolítico utilizado como herramienta de cálculo, mostrándonos como desde sus orígenes, el ser humano ha inscrito información en la materia. Lo que cambia hoy no es la lógica, sino la escala, la velocidad y la interconectividad.
Así, el paso del hueso tallado al disco duro magnético representa una intensificación de una misma operación, marcar el mundo para pensar.
Desde su experiencia como compositor, Lobato plantea la programación como un lenguaje estético que ha permitido reconfigurar la creación sonora. Su tránsito desde la composición musical tradicional hacia el uso de lenguajes como SuperCollider, Pure Data o Max/MSP responde a una necesidad de emancipación frente a los límites de la notación musical.

La partitura, entendida como sistema de control, se revela insuficiente para dar cuenta de las complejidades del sonido contemporáneo, creado por las texturas, los ruidos y los procesos. En este contexto, el código aparece como una alternativa capaz de generar sistemas abiertos, dinámicos, donde el artista no define un resultado fijo, sino un campo de posibilidades.
Aquí emerge una idea, el artista deja de ser un autor para convertirse en un curador de procesos. Programar implica diseñar condiciones para que algo ocurra, más que determinar exactamente qué ocurrirá. Esta lógica conecta directamente con las prácticas de live coding, donde el código se escribe en tiempo real frente al público, y el error —un punto y coma faltante, una variable mal definida— se convierte en parte constitutiva de la obra.
En sintonía con las preocupaciones de la jornada, el error ocupa un lugar fundamental en la reflexión de Lobato. El error aparece como una condición de posibilidad para la creación.

En el contexto del live coding, equivocarse no solo es inevitable, sino necesario, ya que introduce variabilidad, abre desvíos, genera lo inesperado. Más allá de lo técnico, Lobato sugiere que la capacidad de equivocarse esta ligada a la inteligencia misma.
Esto plantea una pregunta ¿pueden las inteligencias artificiales equivocarse realmente, o solo simulan el error dentro de un marco estadístico? Y, en consecuencia, ¿qué tipo de creatividad emerge de sistemas que no experimentan el error como experiencia, sino como cálculo?
El error, en este sentido, es una dimensión ontológica que distingue lo vivo de lo artificial.

Uno de los aportes de la charla es la noción de agencia. Retomando discusiones de las ciencias sociales y la filosofía, Lobato cuestiona la idea de que el ser humano es el único agente capaz de producir efectos en el mundo.
Sus experimentos con algoritmos, sistemas generativos e incluso con cómputos de sustrato biológico —cultivos neuronales, bacterias— evidencian que la creación es siempre un proceso distribuido. La agencia no reside en un único sujeto, sino que emerge de la interacción entre múltiples entidades, humanas, tecnológicas, biológicas.
El ejemplo del COVID funciona como una metáfora, donde un sistema biológico que, sin ser considerado plenamente “vivo”, reconfiguró estructuras sociales, políticas y afectivas a escala global. En este contexto, pensar la creación artística desde una lógica antropocéntrica resulta cada vez más insuficiente.
Otro de los conceptos que emerge de la charla es el de lo “naturoficial”, lo cual nos plantea un territorio donde lo natural y lo artificial dejan de ser categorías opuestas para convertirse en un continuo.
Las piezas presentadas por Lobato —como su performance con redes neuronales biológicas que controlan estímulos eléctricos en su propio cuerpo— encarnan una pregunta filosófica ¿dónde termina el cuerpo y dónde comienza la máquina?

En estas obras, la creación no ocurre en el humano, ni en la máquina, ni en el organismo biológico, sino en el entre, en la relación, en el intercambio, en la retroalimentación constante. La inteligencia, en este sentido, deja de ser una propiedad individual para convertirse en un fenómeno relacional.
La charla subraya a la digitalización como una forma de pensar. Incluso prácticas aparentemente alejadas de lo tecnológico —como la pintura— están atravesadas por lógicas digitales, por capas, iteraciones, prototipos.
Lobato presenta ejemplos de artistas que utilizan software para diseñar obras analógicas evidenciado que lo digital es una condición transversal de la cultura contemporánea. La distinción entre lo digital y lo no digital se vuelve cada vez más obsoleta.
En un giro final, Lobato propone una pregunta que desplaza la discusión hacia una escala temporal más amplia ¿qué huellas dejará nuestra cultura digital para el futuro?
Pensar la inteligencia artificial desde esta perspectiva implica abandonar la fascinación inmediata para considerar sus efectos a largo plazo. ¿Qué restos interpretarán los “arqueólogos” del futuro? ¿Qué tipo de memoria estamos construyendo —o perdiendo— en sistemas que, paradójicamente, procesan enormes cantidades de información pero carecen de mecanismos claros de preservación?
Estas preguntas nos plantean la necesidad de construir formas de memoria y responsabilidad que permitan sostener el sentido en medio de la aceleración.
Si algo atraviesa toda la intervención de Lobato es la insistencia en el cuerpo. Frente a una narrativa que tiende a desmaterializar la tecnología, su práctica insiste en lo contrario, en poner el cuerpo como interfaz, como campo de experimentación, como lugar de pensamiento.
Electrocutarse, improvisar, programar en vivo, trabajar con organismos vivos, todas estas acciones son estrategias para recordar que la tecnología no es abstracta. Está siempre inscrita en la materia, en los cuerpos, en los sistemas que habitamos.
La jornada dejó en claro que programar en la era de la inteligencia artificial implica moverse en un terreno inestable, donde las categorías tradicionales —autoría, control, inteligencia— se desdibujan.
El encuentro propuso una serie de desplazamientos, el del control que nos lleva a la emergencia, el de la autoría que nos desplaza a la co-creación, lo de lo humano que nos empuja a lo distribuido, el de lo artificial a lo naturoficial. En ese tránsito, el error, la indeterminación y la escucha se vuelven herramientas centrales, para que podamos aprender a habitar la incertidumbre como condición de la creación contemporánea.
